lunes, 30 de junio de 2008

Nuestra Máquina

Esa noche la prendimos.
A los dos nos gusta cocinar. Juntos. A los dos nos gusta comer. Juntos.
Roquefort con romero y nueces es una buena combinación. Si agregamos la salsa de naranjas en su punto justo, la pavita se convierte en el manjar más afrodisíaco de todos los tiempos.
Ese viernes no teníamos apuro. Nuestra máquina lo sabía.
Afuera, el calor de la noche brillaba en una luna creciente. Adentro, el aroma de las especies penetraba en nuestros cuerpos.
Las caricias se mezclaban con el sonido de los cacharros al rehogar los cebollines en el vino tinto.
Los minutos pasaban y se cruzaban con el sonido casi imperceptible de nuestra máquina, señal de que estaba funcionando bien.
Era nuestra noche perfecta. Se la debíamos a ella.
Una música suave, romántica, nos llegaba desde el living. La mesa estaba pensada para dos y las velas blancas con perfume a magnolias, encendidas, tal como nos sugirió la última vez que la usamos.
Nos mirábamos a los ojos, profundamente. Nuestras sonrisas dibujaban besos de caramelo ahí donde se encontraban nuestras almas.
De golpe el pecho se nos oprimió. El aire nos faltaba en los pulmones y la congoja nos ahorcaba. No nos dimos cuenta en qué momento comenzamos a llorar. Las lágrimas caían y rodaban por nuestras mejillas, por nuestras manos que ya no se acariciaban, ahora temblaban.
Sólo sentimos que no podíamos dejar que siguiera avanzando. Que tanta perfección nos confundía. Nos desnudaba. Nos daba miedo.
Entonces, la apagamos. “Nuestra máquina de crear noches de amor” nos había desbordado, otra vez.
Nuestros ojos ya no se miraban como antes.
Decidimos volver a nuestra normalidad.
Encendimos el televisor y cenamos en silencio.


Mabel