viernes, 19 de diciembre de 2008

CLARA DE HAEDO

Un día más. La misma hora. La estación de subte de siempre. Casi los mismos rostros. Como todas las mañanas elijo el primer vagón, es el más tranquilo, se viaja más cómodo.
Ella siempre estaba allí, en un extremo de los asientos para tres; si esta línea tuviera individuales, seguramente hubiera escogido ése, de todas formas, quedaba sola. Los pocos pasajeros que subían se acomodaban en los asientos centrales. Yo me ubicaba de frente, cerca de una puerta, quedaba en diagonal a ella.
La primera vez que la vi, de esto hará cinco meses, algo en Clara llamó poderosamente mi atención: muy delgada, cabello castaño y ojos claros, a veces la mirada fija en un punto. Usaba zapatos bajos, de tipo mocasín, que tenían cierta capa de barro seco sobre los costados del taco. Su ropa, algo gastada, era humilde pero no desprolija. El sacón de paño verde resaltaba sobre el rosa del tapizado de pana del asiento. Se aferraba a una cartera de cuero marrón algo ajada.
Yo abría el diario y comenzaba a leerlo, pero cada vez pasaba las hojas con mayor rapidez para poder observarla.
Así, invariablemente, pasaban esos minutos entre Medrano y Federico Lacroze, donde ambos bajábamos.
En cierta oportunidad estuve tentado de seguirla, pero me faltó coraje y me quedé con la fantasía de verla cada mañana de lunes a viernes. En esa fantasía, además de ponerle un nombre, la ubiqué viviendo en algún lugar de la provincia. Haedo estaría bien, una casita común, sobre una calle de tierra (así justificaba el barro seco en su calzado). Seguramente subiría al subte en Pueyrredón ya que vendría en el Sarmiento desde la zona Oeste. Caminaría apresurada, con pasos cortos, las cuatro cuadras que separan la estación de tren de la boca del subte. De vez en cuando, pero sólo de vez en cuando miraría de reojo una vidriera. Tal vez viviera con sus padres. Quizá tuviera algún hermano menor (su debilidad) y un perro, un perro callejero, de esos que acostumbran ser guardianes y correr cuando pasa algún auto.
Una mañana observé muy detenidamente los ojos rojizos y vidriosos de Clara, se veía que algo la perturbaba, era indudable que había llorado.
Ahí nuevamente intenté acercarme, hablarle, escucharla, oír su voz, ofrecerle mi amistad, pero no quise aprovecharme de su sufrimiento y al llegar a Lacroze, bajé apresurado, casi llevándomela por delante.
Una mañana, Clara llegó con anteojos de sol, lo cual me pareció absurdo ya que no sólo era un invierno nublado, sino que además estábamos varios metros bajo tierra. La miré con más atención y noté una pequeña sombra sobre su pómulo cerca del ojo izquierdo.
Si tan sólo alguno de esos días hubiera vencido mi timidez… Si tan sólo me hubiera animado...
Nunca experimenté tanto vacío como ayer al ver las noticias de la noche. Reportaban un suicidio. Una tal María Peña, de veintitrés años, deprimida, angustiada, abrumada por los golpes que sistemáticamente recibía de su pareja, un tal Rafael Santos de cuarenta, decidió arrojarse bajo el ferrocarril Sarmiento. No registré la estación ya que mi vista comenzó a nublarse cuando con la cámara enfocaron una cartera marrón algo ajada y un zapato bajo con barro seco sobre un costado del taco.
Hoy, otro día más. La misma hora. La estación de subte de siempre. Casi los mismos rostros. Como todas las mañanas elijo el primer vagón, es el más tranquilo, se viaja más cómodo.

EROTICANDO

Son las dos de la mañana y están cerrando el restaurante. Una luz tenue ilumina el ambiente. En un rincón, sólo una mesa está ocupada.
Inés y Joaquín se miran con la profundidad de las miradas que desnudan, que lo dicen todo, sin palabras.
Inés roza con sus uñas las manos de Joaquín. Joaquín se muerde el labio inferior y entorna los ojos.
Bajaré el cierre de tu vestido, así suave, muy suavemente, como a vos te gusta. Los breteles caerán sobre tus hombros. Me sentirás respirar sobre tu nuca.
Inés gira un segundo su cabeza para ver la lluvia que cae tras la ventana. Vuelve a encontrarse con la mirada de Joaquín.
Sí, quiero tus susurros, que me muerdas a besos, que me comas. Toda.
Te siento tanto. Tu boca en la mía. Tu lengua recorriendo mi cuello, mis orejas. Cada una de mis pecas.

A lo lejos, la voz de Louis Armstrong les cuenta lo maravilloso que es el mundo en el que ellos se encuentran.
Desataré tu rodete. Me gusta cuando se suelta tu cabello. Cuando cae en cascada sobre tu espalda. Como se ondula sobre tus pechos.
Me gustan tus piernas. Tan bien formadas, tan largas; me gustan cuando las enroscas entre las mías. Y esas medias negras… Ese tajo en la falda te sienta tan sensual.

Inés roza con sus piernas, por debajo de la mesa, las de Joaquín.
Ahora es ella la que se moja los labios con la lengua. Entorna los ojos y sonríe.
Voy a poner una música suave, lenta como tu respiración y mis gemidos. Apenas una luz que ilumine tus caricias calientes entre mis piernas.Tu barba haciéndome cosquillas… Tus yemas en mis pechos… Tus caricias; tus palabras obsenas.
El mozo se acerca y con una sonrisa deja la bandeja con el vuelto.
No pararé de besarte, de lamerte. Voy a recorrer tu espalda, tu cintura, tu cadera, con mi lengua.
Me voy a perder en cada suspiro, en cada jadeo, en tu olor.
Tu perfume a jazmín. Tus pezones erectos; tu mirada. Todo, todo lo que quieras. Quiero tus latidos. Te voy a dar los míos.
¿Amor, me estás sintiendo?¿Estás aquí conmigo?
Me estás llenando de placer. Así tocame. Llevame a otro mundo.
Adonde quieras. Siempre. En todo momento; en cualquier momento. En este momento.

domingo, 14 de diciembre de 2008

CUENTA CONMIGO

disfrutenlo y sepan con esto que pueden contar conmigo

http://www.youtube.com/watch?v=n7P5jWu9JLo&feature=related

domingo, 7 de diciembre de 2008

CONEJITOS

A ver si te va quedando claro: no me gustan los conejitos. Nunca me gustaron ni me van a gustar. Qué mierda me importa que sean coloridos. Qué carajo querés arreglar ahora con esto.
Primero por la tormenta de viento, después por el granizo. La otra vez porque se te rompió el auto y si voy más lejos, porque te dormiste. Lo único que falta ahora es que me digas que se te encarnó la uña del dedo gordo del pie.
Está bien que te tenga paciencia pero ya me la colmaste. No voy a soportar más tus desplantes. Pero la boluda soy yo, que te sigo esperando y encima me hago mala sangre. Que a ver si te pasó algo y estás en un hospital inconciente y vendado.
Pero qué mierda pasa. Se te acalambra el dedo que ni siquiera podés llamar para avisar.
Me jode, me pudre la mente que no vengas. Y tu celular que siempre está apagado.
Por si no te diste cuenta, por si no te acordás: teníamos entradas para el teatro. Otra vez las perdimos. Pero claro, qué mierda te importa si encima me las regaló mi prima. Que mejor le hubiera avisado a Sandra o a Julio, pero no, se me ocurrió invitarte a vos.
Yo me banco todas las pelotudeces de tu música y tus recitales. Una música que no entiendo, que después de cada presentación lo único que quiero es una cama y aumentar la dosis de aspirinas porque me aturde la cabeza tanto ruido a batería.
Y el señor que no puede llegar nunca a horario.
Pero si yo ya sabía de tu impuntualidad. Si siempre llegás tarde a todos lados. Tarde y dormido. Y me lo tendría que haber imaginado. Siempre lo mismo, y después las excusas y la sonrisa.
Pero hoy se acabó. Venir ahora, dos días después y con los conejitos, como si nada. Porque seguro que tenés cola de paja y encima preguntarme si ya estoy lista y sonreir con esa sonrisa seductora que te la podés guardar en el culo, bien adentro, junto con este ramo de conejitos que ni siquiera tienen perfume.
Si por lo menos hubieran sido alelies…

miércoles, 26 de noviembre de 2008

REJAS ALREDEDOR

Oscuridad. Se durmieron las risas y la música. Los asientos se vaciaron de padres.
Una vuelta más mami. El viento hace remolinos con las hojas. Restos de pochoclos y maníes nos cuentan esa tarde. Ahora, al coche de bomberos. Pasitos cortos arremeten sin pedir permiso. Corren, trepan, se caen y se levantan. Me subo al caballito gris. Manejan un barco o un chanchito. Cantan. Desafinan. Sueñan ¡Me saqué la sortija! Son jinetes, capitanes o choferes ¡Gané una vuelta más!
A lo lejos, las bicicletas dejaron sus huellas en el barro. Las hamacas siguen meciéndose sobre la arena. Los perros ladran y la basura se acumula a los pies de los árboles.
¿Juntamos el pasto para los camellos? Toboganes y sube y baja se toman de la mano para esperar inocentemente otra noche más de Reyes.
Y alrededor, las rejas…
Las rejas nos separan, nos muestran que hay dos mundos. Afuera, nosotros. Adentro, tu niñez y la mía, aunque ahora la sortija está colgada y la calesita ya no gira.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

TRAS OTRA PUERTA

Encontraré un jardín y mariposas. Los cuentos que algún día escribí. Fotos y papeles arrugados. Cenas compartidas con amigos. Alguna tarde de fútbol en Balvanera.
Mamaderas. Tortas con velitas. Canciones que inventé para arrullarte. Besos y caricias.
Milanesas. Juegos a la mancha y escondidas. Risas, ladridos y rezongos.
Primero una niña. Con el tiempo, una madre. Galletitas con dulce en la merienda.
Un guardapolvo blanco de acrocel y otro almidonado.
Escapadas al cine de sábados a la tarde. Días de circo. Tu sonrisa.
Balbuceos, pañales. Mi paciencia y ganas de entenderte.
Tus manitos, tus primeros pasos.
Una plaza: hamacas, tobogán y bicicleta.
Una familia. Tu guitarra y tu primera novia.
Quiero abrir esa puerta y no puedo, el tiempo desde adentro la cerró con llave.
Por suerte quedó una hendija por la que puedo espiar de vez en cuando.

domingo, 2 de noviembre de 2008

TRAS LA PUERTA

Tras la puerta está escondida tu sonrisa. También tus ojos verdes cristalinos.
Las palabras de amor y los caprichos. Los susurros de algún día a la mañana.
Los abrazos y las broncas contenidas. Las rosas que tiré a la basura y las fotos que rompiste en mi cara.
Está una tarde en la montaña cabalgando.
Las caricias, tus hoyuelos y los pies haciéndose cosquillas.
Está el tiempo y la distancia. La rutina y los olvidos.
Hay arena y caracoles. Médanos.
No puedo abrir la puerta. Demasiada arena la tapona.

lunes, 20 de octubre de 2008

HABIA UNA VEZ

“Había una vez en un país muy lejano, una niña de cabellos de oro. Vivía en una cabaña…
La sombra interrumpe la lectura de Beatriz.
- Mami esa historia ya me la contaste. Tendrías que seguir con otro capítulo. Ayer también me leíste algo repetido.
- Es que no veo bien y se me olvidó marcar adónde llegué con la lectura.
- Pero si no continuas con la historia y siempre me lees lo mismo, no voy a poder ir a jugar con mis amiguitos.
Beatriz avanza unas páginas en el libro, en algún lugar hizo una marca. Ya van veinte noches que se sienta en la mecedora cerca de la cama de Agustina. Veinte noches de leerle un cuento sabiendo que al final, la sombra partirá definitivamente. Ese fue el pacto y cada vez se acerca más ese momento.
“Era la noche de su sexto cumpleaños, muchos animalitos del bosque le llevaron nueces y chocolates y Agustina…
Nuevamente la sombra interrumpe la lectura.
- Mami, Agustina soy yo, está bien que cumplí seis años, pero te equivocaste, la nena se llama Estefanía.
- Uy solcito, perdoname a veces me confundo.
“Estefanía estaba muy hermosa con el vestido que le había cosido el hada …
- ¿Mami, el vestido era rosa como el mío?
“Estefanía estaba muy hermosa con el vestido rosa que le había cosido la abuela…
-¡No mami! Otra vez te equivocaste, era el hada. ¿Vos no querés que yo me vaya a jugar con mis amiguitos?
- Perdoname cielito es que…

Las lágrimas no le permiten seguir hablando. Tal vez ya es hora de soltarla. El pacto hablaba de cinco días y ella lo prolongó y lo prolongaría eternamente, sino fuera porque la sombra cada vez se va desdibujando más. Ya perdió la sonrisa y los hoyuelos. Los dientes ya no le brillan y dejó de revolotear los ojitos pícaros por toda la habitación.
Beatriz se acerca a la sombra, extiende sus brazos para brindarle el último abrazo. Le acaricia el cabello y busca en lo que queda, la mejilla de su niña. Le da un beso de despedida y le susurra al oído que ya puede partir a jugar con sus amiguitos.
La ve correr por la habitación. Subir al techo. Pasearse entre los peluches y la casa de muñecas. Le da dos pedaleadas a la bicicleta. Abre el cofre donde están sus collares y pulseras de princesa, elige algunos y se los pone. Hurguetea debajo de la cama hasta encontrar los zapatitos de tul.
Antes de irse, la sombra agita su manito. Le tira un beso a Beatriz y le regala la última sonrisa.
Beatriz, cierra el libro.

sábado, 18 de octubre de 2008

CALLEJON MALVON

Día primero:
Atado a un poste de luz, en el callejón Malvón, Fernando Herrera encontró un minotauro albino. Lloraba y pataleaba hasta la desesperación. Cuando Fernando Herrera se le acercó, el minotauro resopló y esbozó una sonrisa. Ese gesto fue suficiente. Lo desató y se lo llevó.

Día segundo:
Por la mañana, después de servirle la comida y llenarle un balde con agua salieron a pasear. Una vez en la calle, el minotauro acomodó su osamenta para hacer sus necesidades. Provocó una inundación en la esquina de Huertas y Flores. Fernando Herrera bajó la vista ante la mirada acusadora de los porteros de los edificios vecinos y de las viejas del barrio, quienes para cruzar la calle, tuvieron que sumergir sus pantorrillas en la orina del minotauro.

Día tercero:
Para evitar los reproches de vecinos, Fernando decidió enseñarle al minotauro el uso del inodoro. Para que entrara cómodo, tuvo que sacar la puerta del baño y correr la bañera de lugar. El minotauro aprendía rápido; sólo le faltaban algunos ajustes como apretar el botón y procurar que todo cayera dentro del recipiente.

Día cuarto:
En el silencio de la madrugada, un olor fétido inundó el departamento. El minotauro todavía no calculaba bien y en su incursión por el baño, había ensuciado todo alrededor. Fernando, lleno de furia, lo retó. El minotauro hacía pucheros. Pesadas lágrimas le rodaban por las mejillas. Su cuerpo se convulsionaba. Temblaron las ventanas y cayeron los cuadros de las paredes. En su desesperación por calmarlo, Fernando le permitió que durmiera junto a él en la cama. En señal de agradecimiento, el minotauro movió varias veces la cabeza, sacudiendo su melena albina.

Día quinto:
Los ronquidos del minotauro lo despertaron a las tres de la madrugada. Lo tocó. Lo empujó. Nada. Fernando supuso que estaría soñando porque se le movían los párpados. Pensó con qué soñaría un minotauro. Lo que fuera, lo conmovió. Hacía frío. Sacó una frazada del ropero y lo cubrió para que no se resfriara.

Día sexto:
Cuando Fernando llegó del trabajo, fue tal la alegría del minotauro que se puso a saltar sobre la cama. Brincaba y daba vueltas carneros. Finalmente, la cama quedó convertida en un tobogán por el que se deslizaba feliz. Ese mismo día, el minotauro, familiarizándose con la cocina había hecho unas ricas tortillas de papas y avena con las que convidó a Fernando.

Día Séptimo:
Fernando Herrera se levantó muy temprano. Llenó la bañera con agua tibia y le agregó sales con perfume a sandía. Con cierto recelo y a regañadientes, el minotauro entró a la bañera. Al cabo de una hora, Fernando, a los empujones, logró que dejara el patito de plástico y terminara con las burbujas de jabón.
El minotauro se secó, se entalcó, se peinó y tomó prestado el mejor sombrero de Fernando.
El mediodía, los sorprendió caminando juntos rumbo al callejón Malvón.

domingo, 12 de octubre de 2008

CARTA A BARCELONA

Buenos Aires, Octubre de 1968

Querida amiga:

Te preguntarás porqué tardé tanto en contestar, sólo lo hago en honor a otras épocas, por nuestra promesa.
Primero fue el casamiento de Blanquita, con todos los preparativos como podrás imaginarte y después vino el entierro de José. Así, sin respiro. Pasamos de la fiesta a la sala de velatorio en menos de cuarenta horas. Se me vació la casa de golpe. También se me vació el alma. Recién ayer terminé de sacar todas sus pertenencias. Regalé todo.
Me preguntas cuándo pienso viajar y no es que no me gustaría; sabes como amo Barcelona. Me puedo perder horas en la Rambla, entre flores y mercadeo y ni te cuento lo que sería para mí volver al barrio gótico. Pero dado las últimas novedades, que te detallaré enseguida, creo que será mejor no vernos.
Pobre José, morirse así de repente. Me contó Paquita que te ha puesto al tanto de todo. A ella siempre le ha gustado dar las malas noticias, así que me pareció oportuno dejarla hacer, además yo no tenía fuerzas ni ánimo. Pero haciendo honor a mi historia, saqué energía de donde estaba oculta y me propuse seguir; seguir con mi vida de la mejor manera posible, a pesar de todo.
De modo que después de haber llorado durante veinte días con sus veinte noches, una mañana me levanté y me dije, “ ya está, ahora, a tirar del carro”. Así que puse manos a la obra y comencé con la ropa. Ni te imaginas la cantidad de camisas, zapatos y corbatas que tenía este hombre ¿O tal vez sí? En fin, como te dije antes, regalé todo.
Después vino el turno de los papeles y junto con los papeles, mi sorpresa. Escondida entre sus carpetas y libracos, encontré una caja roja y dentro de la caja una gargantilla de esmeraldas. Quedé consternada, me faltaba el aire. Ya sabía yo de su generosidad. También suponía que él estaba organizando algo por nuestros veinticinco años de casados, pero nunca imaginé semejante regalo. Sabía también que las cosas en la empresa no iban del todo bien y que por eso tenía que viajar tan seguido para rendir cuentas a sus socios franceses, al menos, eso decía.
Seguí revisando, con ánimo de acomodar sus cosas, y sabes, encontré una foto; sería de unos diez años atrás. Por cierto, tú estabas guapísima. Es raro, porque José me contaba todo. Sin embargo, de ese encuentro no me habló. Posiblemente había aprovechado un desvío; total de París a Barcelona no es mucho el trayecto. En fin, digo Barcelona, pero tal vez la cena fue en París. ¿Tú la recuerdas? Seguramente que sí. Y si no, deberías. Cuando di vuelta la garantilla ví un grabado que no correspondía a mis iniciales, en su lugar había una frase “ a Titi mi gran amor, José”.
La gargantilla cayó de mis manos, junto con la venda que cubrió mis ojos durante tantos años.
Tal vez ahora comprendas porqué me demoré tanto en contestarte. Una de las cosas que más me duele de todo esto, es no poder cumplir mi promesa.
Primero pensé en enviarte ese obsequio que, por cierto, te pertenecía; obsequio que seguramente fue pensado y elegido con mucho amor. Pero después decidí donarlo. Se lo envié a las monjas del San Ignacio en Madrid ¿te acuerdas? Dos niñas pequeñas, dos huérfanas viviendo juntas, comiendo juntas, jugando juntas y compartiendo sus días y sus fantasías. Prometiéndose amistad eterna.
Titi: perdón pero en este momento rompo mi promesa. Te doy libertad total. Puedes buscar otra amiga, porque ésta, ésta te abandona como tú la abandonaste el día que cruzaste esa línea tan delgada.
Josefina

CARTA DESDE CARACAS

Caracas, Octubre de xxxx

Queridísimo Row:

¿A ti te parece justo que tu propia madre venga a enterarse por un amigo tuyo que vas a contraer matrimonio? Pues a mí no.
Por cierto, te preguntarás cómo llegó esto a mis oídos. Entérate chico. Hace dos días, paseando por mi adorada Caracas, de pronto escucho una voz muy particular. Alguien hablaba de la materia, del Big Bang invertido y de la estación espacial. Escuché espacio e inmediatamente reconocí la voz.
Ahí, frente a mí tu amigo Erwin me traía una parte de tu vida.
Nos abrazamos emocionados. Él se sorprendió por verme tan jovial. Sabes, hizo un comentario que me ruborizó un poco. Dijo algo así como que los años me favorecían, que me veía espléndida. Es el Caribe, le dije.
Desde que dejé Oklahoma hace más de tres años ¿recuerdas?, mi piel se acostumbró a esta parte del planeta. Aquí se vive distinto, se siente chévere.
Pero volviendo al tema principal, quiero saber quién es ella, pues sólo tengo un nombre, que no me dice mucho. Detalles hijo, quiero detalles.
Me enteré por Erwin que pinta y vive en la Argentina. ¿Será soltera? ¿ O divorciada? ¿Y cómo la has conocido? Tú eres muy solitario, tantos meses en el espacio … A ver hijo, no me malinterpretes, sabes que siempre quise y querré lo mejor para ti, pero ¿no será una aventurera? ¿Sabrá que tu padre tiene pozos aquí en Venezuela?
Aunque conociéndote como te conozco, seguramente estará loca de amor por ti ya que eres una excelente persona, inteligente y emprendedor como pocos. No creas que en el mercado se consiguen fácilmente hombres como tú hijo mío. Eres un muy buen partido y esa señorita Alicia seguramente lo ha comprendido.
¿Ya la has visitado en su país? ¿Sabe ella que mueres por los knishes de papa y el guefilte fish? Ese apellido, me suena Dacart, Daract ¿ será de los Darcovsky de Ohio? ¿No será goy no? Bueno, de todas formas eso no es algo que a mí o a tu padre nos importe demasiado. Mientras sea tu felicidad, será bienvenida en nuestra familia. Será una hija para nosotros.
Lo noté un poco excitado a Erwin con esto de tu futura boda, fíjate que no paraba de hablar. Me contó todos los inconvenientes que se suscitaron en el espacio y lo bien que manejaste la situación. Siempre te ha admirado ese muchacho. Ojalá que él también encuentre una buena mujer con quien compartir su vida ahora que finalmente no harán más misiones y fijarán los pies sobre la tierra.
Bueno hijo, por ahora nada más. Respóndeme a la brevedad, no hagas sufrir a esta pobre madre tuya que tanto te quiere y extraña. Sólo quiero darte una sugerencia: apúrate Row
que ya no eres una criatura y yo quiero tener unos nietos a quienes besar y cuidar como te he cuidado a ti, como se debe cuidar a los niños, sacrificarse por ellos y hacerles budín de chocolate o strudell mientras siga estando bien, porque… una nunca sabe.
No olvides escribirme y mándame una foto de Alicia que quiero conocerla aunque sea de esa forma, o tal vez prefieras darme la sorpresa y venir con ella de visita a Caracas, sabes muy bien que lo que sobran en esta casa son habitaciones.

Te beso y te abrazo como cuando eras el niño pecoso que corría atrás de un barrilete y soñaba con volar.


Tu mamá.

domingo, 5 de octubre de 2008

LOS NIÑOS

Cada vez que Ana pensaba en ellos, algunas lágrimas asomaban en sus ojos celestes.
A pesar de que habían pasado más de veinte años, ese recuerdo la perturbaba. O tal vez lo que más la perturbaba fue darse cuenta de que no pudo hacer nada o casi nada. El sabor a poco se le colgaba del cuello y la asfixiaba.
En esa época, ellos eran una pareja joven, con tres niños pequeños. Ana, que también era joven y con un niño pequeño, los veía a través de la ventana del décimo piso de su departamento.
A veces, la pareja discutía y los niños lloraban. Otras veces, algún niño pedía algo y entonces ella les gritaba. Los niños lloraban, ella más gritaba. Los niños lloraban, él les pegaba.
Ana los veía aún sin querer. Hubiera querido no ver, no escuchar, pero los dos edificios estaban casi pegados.
Cuando Ana se enteró que algunos vecinos habían hecho la denuncia, no supo que pensar. A esa altura ya no sabía que era mejor para esos niños, si que siguieran con sus padres o rodar, rodar por hogares sustitutos o peor aún por alguna institución oficial, hasta que crecieran o que alguien los adoptara.
Una noche, los gritos perforaban las paredes, entonces Ana les tocó el timbre y los amenazó con llamar a la policía, entonces pararon. Por unos días hubo calma, pero después…
Los niños lloraban.
Un domingo, al volver del mercado, Ana vio a toda la familia junta. Los niños cantaban, reían, iban todos tomados de las manos. Parecían una familia feliz. A pesar de eso, la mirada de la madre era fría.
Ana no supo exactamente cuándo, pero al cabo de unos pocos meses, el departamento de enfrente quedó vacío. Se fueron y con ellos se llevaron el llanto y los gritos.
Pasó el tiempo, pasaron otros departamentos. Pasaron mudanzas. Pasaron rostros y vecinos nuevos, pero los niños…los niños no pudieron pasar de su memoria.

lunes, 29 de septiembre de 2008

LAS VECINAS

- Y yo la voy a extrañar mucho a la Bety. Ella siempre tan dispuesta, tan desprendida-. Doña Cloti se seca una lágrima con la mano, mientras busca un pañuelo en la cartera-. Pensar que si no hubiera sido por ella que me compró los materiales y le pagó a los albañiles, todavía no terminaba mi casa yo.
- Ud. porque siempre se llevó bien con ella. Además ella le debía muchos favores a Ud. Eso de cuidarle la nena, para que ella saliera con…
- Pavadas, Juanita que la gente es mala y comenta; que en el barrio todos le tienen envidia porque ella llegó lejos.
Doña Juana hace un irónico gesto de asentimiento y se quita una pelusa de la falda - pero si todos sabemos que ella se casó con el tarambana de Luisito sólo por la plata. Si ni bien pudo le metió los cuernos ¿ O Ud. qué se cree? ¿Qué eso de la Sociedad de Fomento? ¿Qué iba a ayudar a las monjitas?
- Mire Juanita, yo no le preguntaba lo que ella hacía. A mí ella me dejaba a la nena por unas horas y yo se la cuidaba.
- Sí, también hay que entenderla, pobre, si Luisito no sirve para nada, es un títere de su familia. Mírelo, con esa cara.
Con pasos lentos, como un autómata, Luisito se acerca al sillón donde están las vecinas y les ofrece un café. No se percata de que ellas lo critican. Cuando se aleja, las vecinas, más animadas, retoman su charla.
- A mí que quiere que le diga, algo de lástima él me da - Doña Juana revuelve el café al que le agregó tres terrones de azúcar - porque encima la nena no se le parece en nada, en cambio a la suegra eso sí que no se le pasó.
- ¿Y Ud. cómo sabe todas esas cosas Juanita? – Doña Cloti se arregla el saquito mientras mira con curiosidad y desconfianza a su vecina.
- Porque un día me la encontré a la suegra en la tienda del armenio y cuándo la felicité por la nietita, ni gracias me dijo. Sólo comentó algo así como “qué va a hacerse, mi hijo se lo buscó ojalá que mientras crezca por lo menos le copie los gestos”.
Doña Cloti recuerda una tarde en su casa, tomando mate con Bety. Bety, roja de furia, le contaba que la suegra la seguía tratando como la sirvienta, aunque ella ya era la esposa de Luisito y le había dado una hija.
- Lo que pasa es que la suegra nunca la aceptó, por eso de ser tan humilde.¿Vió?
- Y La Bety se vengó… ¿Al final se supo quién manejaba el auto? ¿Ella o el amante?
- Yo no sé nada. Lo único que sé es que se fue tan contenta, tan feliz. Sólo por el fin de semana. Que Luisito le dijo que no se preocupara, que él se encargaba de la nena, que ella aprovechara a descansar allá en su pueblo. Si me dijo que el lunes ya estaba de vuelta. Y ahora esto… ¡Dios mío! de no creer.
Doña Cloti, vuelve a enjuagarse las lágrimas, ahora con el pañuelo bordado.
- Bueno, Doña Cloti, no llore más. Mejor nos acercamos que parece que van a cerrar el cajón, así nos despedimos, por lo menos un padre nuestro le tenemos que rezar.

viernes, 26 de septiembre de 2008

FUNCION DE TEATRO (Pequeño homenaje al grupete)

Ejercicio: Diálogos

Por todo lo que aprendo y me divierto los jueves con mis compañeros y mi profe, aquí va mi pequeño agradecimiento. Este grupo es lo más (están todos chapita) -dice el narrador.


Che, yo no voy a poder ir mañana, pero qué ¿se organizó algo para ir al teatro con todo el grupo y con otros grupos también? me entretuve leyendo los diálogos y borré el otro mail de Seba.

- Oh! - dijo Mabel con cara de susto - cáspita que me pierdo la reunión de cruzagramas.
- Ahhh joder - respondió Vani palmeando sobre el lavabo.
- Yo no fui el otro día y hoy no voy a taller, pero cuenten conmigo que estoy triste- Ade larga unas bocanadas de humo mientras pinta alegorías.
- ¿Puedo ir con Alicia Dackar?- inquirió don José G.- ¿ O mejor la llevo a La Juana?
- La función del otro día me encantó. ¡qué sentidos! Hoy traje unas copias manuscritas porque no tuve tiempo, por la facu pero...- Nadu explica su anonimato.
- En el teatro las manos me transpiraban de poesía - Marianela acaricia su cabello con la mirada vaya a saberse dónde.
- Soy la más pequeñita y de la función me fui directo a San Pedro con mi mochilita. ¿Adivinan quién soy? – Inquirió Micaela con su tímida vocecita.
- A ver Señores, la situación es sumamente complicada, lo mejor sería hacer un estudio
muy exhaustivo y cuando se analice y haya el consenso podríamos organizar otra salida - Jules querida la resistencia está contigo- corearon todos al unísono.
- Si hay que asesinar a alguien no se olviden de mi - Cristina Conti, la famosa escritora novel, dejó por un momento sus manuscritos para unirse al grupo.
- Qué buen grupoete éste - dijo don Zaiper mientras mezclaba la pepsi cola con el café. Cada tanto se relojeaba la bragueta para ver que no le reventara como unos jueves atrás - lástima Mabel, mirá que sos jodida.

jueves, 18 de septiembre de 2008

LA CASA

" Crecen los desalojos de edificios ocupados: hay más de uno diario."
(diario Clarín 13 de Septiembre de 2008)





Después de cinco años, la casa quedó desierta.
Se llevaron las voces, las risas, los sollozos.
Se llevaron las palabras intrusas y los permisos no otorgados.
Se llevaron ilusiones.
La vaciaron de historias. De pequeñas historias cotidianas. La vaciaron de vida.
Así la dejaron. Sola, fría. Despojada.
Así la verán: ¿recuperada?

LA BICICLETA ROJA

El sonido de un bandoneón le trae la melodía de un tango lastimoso.
No los ve, pero sabe que hay un grupo de turistas observando ese show.
Sabe que Sonia tiene el vestido negro escotado y con un tajo profundo en la falda. Al descubierto quedan las piernas bien formadas envueltas en medias de red. Sabe que Andrés lleva sombrero y pañuelo al cuello. Sabe que bailan muy juntos, que insinúan seducción.
Un perfume cálido de jazmines le llega desde el puesto de flores que está frente a la galería. El aroma se funde con el del chocolate caliente que ofrece el vendedor ambulante.
Ella, en una esquina, está inmóvil.
Escucha voces, risas y pasos que se acercan. Pasos rápidos, contínuos. Es la hora de salida de las oficinas y la calle se desborda de gente que va y viene en todas direcciones. Algún grupo se para frente a ella, a mirarla.
Oye el ruido de monedas que chocan y se desperezan en su lata.
Baja un brazo. Levanta la cabeza. Abre los ojos y lo ve a Julián.
Todos los días él llega a esa esquina en bicicleta, pasadas las seis de la tarde. La contempla fascinado. Disfruta del silencio estático que Marina ofrece.
Hoy, además de monedas, deja un ramo de fresias a los pies de ella.
Marina lo mira y a través de su piel blanca mármol, le hace una reverencia.
Ahora cambia de posición. Junta sus manos y sobre ellas recuesta una mejilla.
Cierra los ojos. Se ve de niña, jugando a la escondida. Se esconde. Se esconde debajo de la mesa, detrás de la puerta, detrás del árbol, arriba de la bicicleta roja. ¿Arriba de la bicicleta roja? ¿La que está ahí, al lado de las fresias?
Parpadea. Se permite una picardía: sus labios blancos dibujan una sonrisa de aceptación para Julián. No lo ve, pero sabe que él se va a quedar hasta que ella termine su función. No lo ve, pero sabe que él hoy la llevará a pasear en la bicicleta roja.

sábado, 30 de agosto de 2008

ASESINATOS EN EL CONURBANO

Todavía no hacía un mes desde que lo habían trasladado a esa zona del Conurbano, a cargo de la Sección Homicidios. El oficial Suárez se había ganado la confianza de sus pares. Tenía fama por resolver los casos más difíciles.
La primera semana había estado movida. El cuerpo de un inglés había aparecido desnudo y flotando en las aguas turbias del Riachuelo. Todavía faltaba esclarecer ese caso. La embajada llamaba a diario exigiendo una resolución.
La siguiente semana fue el turno de un canadiense. Joan Spencel fue encontrado atado e incinerado, adentro de un auto de alquiler, en un descampado en Quilmes.
Esa mañana, cuando leyó la ficha sobre su escritorio que resumía que un ciudadano chino asesinó a uno estadounidense, hirió a su esposa y a una intérprete y luego se suicidó, ya no tuvo dudas. Juntó a su equipo y les habló con la seriedad que el caso requería.
- Si sabemos contra qué nos enfrentamos, tendremos más posibilidades de contraatacar.
A su antecesor le había tocado investigar, sin éxito, los crímenes del peruano, el mejicano y el colombiano. Un tiempo antes había sido el turno del francés y el alemán. Ahora, un inglés, un candiense y un yanqui. Suárez recordó todos los casos ante sus subalternos, que lo escuchaban atentamente.
- Si bien uno podría seguir con la lista indefinidamente, creo que lo mejor es que busquemos el móvil – el oficial Suárez se acariciaba la barbilla al tiempo que hacía gestos de aprobación a su propio comentario - y el móvil está a la vista de todos. Nos encontramos con un típico caso de xenofobia. Todos sabemos de la mafia china, operan en el más estricto silencio.
El razonamiento lógico y preciso del oficial, dejó boquiabierto a más de un integrante del equipo. Chi Chouan se había suicidado, de modo que ya no podía declarar, y si no podía declarar, daba igual que hubiera matado a uno o a tres, o a diez.
Los policías escuchaban con admiración el desarrollo del oficial Suárez. Muchos se abrazaban fraternalmente. Algunos, con lágrimas en los ojos no dejaban de aplaudir por tan impecable resolución. Lo que se presentaba como un caso más, con la implicancia de nuevas investigaciones y noches sin dormir, la experiencia y pericia del oficial a cargo, lo había convertido en la resolución de todos los casos anteriores.
El oficial Suárez, emocionado, agradeció a su equipo por tan ferviente apoyo. Más tarde impartió las órdenes para que a la brevedad informaran a las embajadas sobre cómo todo había sido obra de la mente perversa de Chi Chouan.
Ya era tarde cuando abandonó su oficina. Se sintió orgulloso de su equipo. Ahora todos podrían descansar tranquilos. Los casos estaban cerrados.
Giró las llaves de su Peugeot y pensó que fuera de la pantalla, el mundo es una sombra indigna de confianza, tal como el título de la nueva novela de Cristina Conti, que lo esperaba sobre su mesa de luz. Era su escritora favorita, escribía policiales. Siempre lo ayudaba a resolver los casos imposibles.

sábado, 23 de agosto de 2008

NEOLOGISMOS: O CREANDO PALABRAS NUEVAS - LA FILESTEE POR EL GARBONCLO

Y sí oficial, yo la filisteé, pero la mina se lo buscó. Soy un hombre pacífico, se lo juro por mi Santa Madre, que Dios la tenga en la gloria ¡Pero en todo hay un límite señor!
Para mí era noche de estreno. Lo había encontrado a la tarde, de paseo por San Telmo. Un garbonclo blanco, no crea que se consigue en cualquier lado.
Esa noche me fui para la milonga, contento como pibe con balero nuevo. Algunos dirán que soy compadrito o que estoy algo rafado. ¿Pero qué tiene de malo? A mí me gustan y aunque casi nadie los use, un milonguero que se precie de serlo, debe calzar un buen garbonclo.
Ni bien llegué, la juné a la mina. Ella también me relojeó lindo. Así que, como quien no quiere la cosa me le acerqué. Algo de chamuyo tengo ( por eso algunos me tildan de rafado) entonces la invité con una cerveza. Sonreía. Dijo llamarse Inés.
Recién empezaba la noche y dos parejas abrían el baile. Al ritmo del dos por cuatro, me la llevé hasta la pista. ¿Cómo me iba a imaginar que la mina no sabía lo que era el tango? Se enroscó sola con los primeros acordes. Intenté dirigirla, marcarle los pasos, pero no tuve suerte y en una de las vueltas patinó. Cayó sin nada de elegancia, con las patas abiertas. La gente se reía y se ve que eso la molestó. Como soy un caballero, quise ayudarla y al agacharme se me cayó el garbonclo. La muy bruja, rechazó mi ayuda. Se incorporó sola y con esa boquita con la que antes sonreía, me vomitó en la jeta una serie de insultos que pondrían colorado a cualquiera.
Hasta ahí me lo aguanté con hombría, pero en cuanto me pisoteó el garbonclo y lo pateó con furia, ya no respondí de mí y la filisteé con todas mis ganas. El primer filesteaso le cayó en el ojo izquierdo.
La gente miraba, algunos aplaudían, y yo, con la dignidad de un príncipe, levanté el garbonclo y me fui rafadamente.

Definiciones:

Garbonclo: sustantivo. Antiguo sombrero de fieltro, con ala corta, usado por los guapos del 900.

Rafado: adj. Dícese de la persona que tiene la autoestima muy alta. Vulg.: agrandado.

Filistear: infinitivo. Acción por la cual se lanza saliva en forma brusca y repetida. Vulg: escupir continuadamente.

Rafadamente: relativo a rafado. “dejar un lugar rafadamente” irse con la cabeza en alto, sin modestia.

miércoles, 20 de agosto de 2008

UN DIA DIFERENTE O HISTORIA DE UNA OBSESION

Cerró la puerta de calle y al agacharse a recoger el maletín la duda lo acosó. Volvió sobre sus pasos. Subió al ascensor y de ahí al tercer piso. Ya en su casa comprobó que todo estuviera bien: las canillas y las llaves de gas, cerradas y las luces apagadas.
Antes de salir pasó por el baño. Sus manos le preocupaban, siempre las veía sucias. Tomó el cepillo y comenzó a lavarlas. Las secó y volvió a mirarlas. No quedó conforme. Nuevamente tomó el cepillo, jabón líquido y agua. Recién cuando vio el brillo en las uñas se sintió tranquilo.
Una vez en el colectivo abrió el maletín. El trabajo estaba ahí, junto con la agenda y el celular. Varias veces se había levantado de la cama la noche anterior para corroborar que nada faltara.
Por las dudas que su memoria le jugara una mala pasada, volvió a abrir el maletín. Una profunda mirada le bastó. Lo cerró con una mueca de satisfacción, todo estaba en orden.
Palpó las llaves en el bolsillo de su saco e instintivamente hizo el gesto de cerrar la puerta de su departamento.
Cuando volvió a su casa, por la noche, varias veces se lavó las manos antes de acostarse.
Comprobó que la puerta estuviera bien cerrada igual que las canillas y el gas apagado. Verificó el maletín para el día siguiente. Hizo su rutina nocturna con el mismo esmero de todas las noches.

Lo despertó el estruendo. Percibió un olor raro a medida que iba reaccionando. El viento se filtraba de lleno por la ventana que había perdido los vidrios con la explosión.
Las canillas habían desaparecido y el agua brotaba a chorros de la cañería averiada. La puerta no estaba cerrada con sus cerrojos porque ya no había puerta. Los papeles de trabajo que había guardado en el maletín, volaban dentro de lo que quedaba de la habitación.
Se incorporó. Sus ojos chocaron con la realidad. Gritos, llanto, y un gran hueco. Su habitación en el medio de la nada, en el medio del caos. La explosión se había llevado los departamentos que daban al frente del edificio de tres pisos.
Tambaleándose, arrastrándose, saltando entre escombros pudo llegar a la calle.
Entre los escombros distinguió uno de los cerrojos de su casa. Fue un segundo nada más, el intento de buscar las llaves en un bolsillo que no tenía.
Antes de ser asistido por un médico, miró sus manos, ahora sucias, sucias de polvo y sangre y por primera vez en treinta años vio el lunar sobre la palma izquierda.

LA RADIO Y EL SOTANO

Hola lindo, te extraño.
Todavía no entiendo como esta vieja radio con dos parlantes y ese espantoso botón verde, sigue funcionando. Un poco a los golpes, otro poco con buena voluntad (mía por supuesto) que la cambio continuamente de lugar hasta encontrar el más adecuado. Esta semana está sobre la mesa del living. No hace mucho juego que digamos, es más, desentona bastante, sobre todo con las dos lámparas negras que caen del techo. En fin, sólo a mí se me ocurre en un ambiente minimalista ubicar esta radio de los años 50, pero cada tanto me gusta retrotraerme a otra época. El viernes, se le cayó otra perilla, o sea que ya son tres las que le faltan, aún así anda, no sé cómo pero anda.
Ayer me recosté un rato en el sillón del living. Recién ahí me di cuenta de que las paredes están blancas, tan blancas que necesitan algo de color, tal vez mañana vaya por algún tapiz bien colorido.
En eso estaba, cuando se me ocurrió encender la radio y previo golpecito empezó a sonar Rod Stewart. Cantaba tu tema preferido “¿Crees que soy sexy?”. Lo mismo que me dijiste el día que te conocí. Me gusta recordar ese momento y me agrada contártelo aunque lo sepas. Hacía dos horas que estabas en el sótano de la casa de mis viejos, tratando de arreglar el tablero de luz. De no ser porque necesité mi bici, todavía estarías ahí encerrado; nadie en la casa reparó en tu ausencia. Ese sótano… tan bien cuidado pero donde no corría una gota de aire. Te habías quitado la camisa y el pantalón porque el calor era asfixiante. Tu pelo y barba estaban empapados. Me quedé estática al verte. “¿Crees que soy sexy? No, soy el electricista. Ayudame a salir por favor”. Y ese fue el comienzo de nuestra historia.
Hablando de historia te cuento que tuve que ponerme a estudiar el Cruce de los Andes para ayudar a la niña con la tarea. Está tan linda, si la vieras con su cabello corto, con dos colitas. Tiene unos ojos inmensos, grandes, tan grandes como los tuyos. Ella también te extraña, siempre pregunta por su padre.
Bueno chico, va siendo hora de que te deje, uno de estos días continúo escribiéndote con esta lapicera que me regalaste cuando me recibí y que ha perdido su capuchón. No logro encontrarlo por ningún lado, como tampoco logro encontrar esa sonrisa mía que perdí hace dos años.Mi suerte estaba echada lindo, mi dado cayó de culo el día del accidente. No hay marcha atrás, es el destino.

sábado, 16 de agosto de 2008

FUERA DE FOCO

Aquí te la envío. Dijiste que estaba movida y la desechaste. Obviamente no la tiré. Tal vez no te acuerdes de ella; pasó mucho tiempo.

Aún no entiendo cómo no pudiste ver el sol iluminando el río. Cómo no quisiste escuchar el sonido del agua. Tampoco sentiste el movimiento de los árboles que bailaban para nosotros, verde sobre verde; ni la arena brillante al otro lado, invitándonos a cruzar.

Sólo viste un fuera de foco. Y así apartaste un momento de tu vida y de la mía.

Y tu imagen se va desdibujando…Y sin embargo ahí te veo, haciendo equilibrio. El equilibrio que todavía no encontraste en tu vida. Pero no temas, nadie más la verá. No hay copia. Tiré el negativo

viernes, 8 de agosto de 2008

UNA NOCHE EN CASA DE ELENA

- Fue en Octubre; un 23 - Elena cierra los ojos y aún con las manos entrelazadas a las de Jérôme, desnuda su alma. – Éramos muy jóvenes. Sabía que Tatín estaba metido en algo. Lo percibía, aunque él para protegerme no me contaba nada. Pobre ¡ qué iluso! Para lo que le sirvió. Si lo hubieras conocido…Seguro que congeniaban. Tenía ideales, quería cambiar el mundo.
Jérôme asiente. Esa historia ya la conoce, u otra parecida. Todas las historias hablan de lo mismo, de la época oscura de treinta años atrás, de los amigos, hijos, padres… “todavía esperamos que el jardín se ilumine con las risas y el canto de los que amamos tanto” recuerda esa canción.
- Cuando él desapareció no entendía nada, o sí. Me decían que me fuera ¿ Adónde me iba a ir? ¿Te dije que fue en Octubre? El 23. Vinieron y sin permiso patearon la puerta. Me estaba bañando. Me arrastraron de los pelos. Nunca sentí tanta vergüenza, tanto miedo. Después vino la capucha, las sombras, el frío ¿Sabés que pasó mucho tiempo hasta que pudiera hablar de esos días sin temblar? No sé por que me soltaron. Fueron cinco días en los que pedía morirme. Sin embargo sobreviví hasta a los ultrajes. Tatín y tantos otros no tuvieron la posibilidad. Cuando después se supo lo de los viajes, fui al río y les regalé unas flores, en homenaje. - Se le entrecorta la voz. Jérôme la abraza y le besa las lágrimas.
- Después vinieron los gatos, pero eso fue mucho después. Pobres, no tienen a nadie.
- Elena, sigo pensando que los ideales no mueren y por eso es todo mi compromiso con esta gente del norte, que necesitan que alguien les de una mano. Si logramos organizarnos todavía se puede cambiar el mundo. Te voy a dejar unas cajas, si querés podes mirar lo que hay adentro – Jérôme abre una de las cajas e intenta mostrarle el contenido.
- No hace falta. Guardalas en el cuartito de arriba, ahí donde están todas las cosas viejas, podés cubrirlas con algunas mantas. Algún día voy a tener que arreglar ese cuarto, pero ahora así como está te va a resultar mejor. De paso fijate si alguna ropa puede servir para que les lleves a la gente del norte, pero hacelo mañana de día, que se quemó la bombita y hay que cambiarla.
- Sería mejor que ahora te acuestes, ya es muy tarde. Me voy a quedar leyendo unos trabajos que me pasaron y no te preocupes por los gatos, mañana si seguís con ese dolor voy yo.

ELENA CONOCE A JÉROME

Son las seis de la tarde. Hoy Elena se quedó con los gatos un rato más que de costumbre.
Al incorporarse, después de acariciar al último gato, siente un fuerte tirón en la cintura. Le duelen las piernas y no sabe si va a poder llegar sola hasta su casa. Es sólo una cuadra, pero hoy…
De pronto un olor a tabaco la saca de sus pensamientos. Ve una persona que se aproxima, envuelta en humo. Hace un esfuerzo, se apoya contra el paredón. El dolor es cada vez más fuerte. La figura está acercándose. Es sólo animarse.
El hombre fuma, parece no verla; sin embargo, cuando Elena le pide ayuda casi en un suspiro, no duda. Arroja el pucho y le ofrece su mano. Después recoge la canasta del suelo y le da su brazo para que ella se afirme en él.
Se miran y se dicen palabras afectuosas, surgidas de la necesidad, del no conocerse pero sentir que pueden ayudarse.
Él acompañará a Elena hasta su casa. No es molestia, no tiene nada que hacer. Ella le ofrecerá un té o una leche caliente. No le importa que fume, pero mejor sería que dejara, por su salud. Ella le contará cómo fue que dejó el cigarrillo hace tres años . Firme decisión, dirá, y eso que fumaba casi un atado diario.
Por unas horas él no fumará, casi sin proponérselo. Se le irán pasando las horas sin darse cuenta.
Hablarán de la vida de cada uno, de la de ahora y de la de antes. Elena le contará de cómo la vida la premió con dos amores. Que a uno lo perdió siendo muy joven, y el otro murió hace siete años, que lo único de lo que se arrepiente es de no haber tenido un hijo.
Jérôme la escuchará con sincera atención, algo de Elena lo atrapará. Se animará y de a poco le contará sus sueños.
Después hablarán de esa tarde diferente, de los gatos. Tal vez mañana Elena no pueda ir si sigue con ese dolor. Tal vez él sí. Tal vez pase a verla. Tal vez no, seguro.

ELENA

Si bien en cada barrio hay una y todas tienen algo en común, Elena superó cualquier imaginación.
Llegó a la esquina del hospital a la misma hora de siempre. Llevaba el tapado de paño azul con el forro descosido que se escapaba por debajo del ruedo. Siempre el mismo tapado. Cada invierno le sacude sin éxito el olor a naftalina y humedad. Toda ella huele a humedad, hasta sus ojos, húmedos de tanto llorar. Desde que Ernesto se fue, hace siete años, los únicos que llenan sus tardes son los gatos.
Avanzó con pasos cortos y lentos, por momentos tambaleándose. En el andar se notaba cómo iban corriéndole los años. Los cabellos asomaban desprolijos por debajo del gorro de lana. Un gorro tejido por ella misma en otro tiempo, y que tanto le gustaba a Ernesto. Tantas veces le había pedido un hijo… Tal vez ahora podría tejerle gorros o sueños, pero no, lo único que tenía eran esos gatos.
Pudo caerse al cruzar el empedrado, sin embargo, las botas blancas con taco aguja y tapitas gastadas, la sostuvieron a pesar de su poca estabilidad.
El colorete barato le brillaba mal desparramado sobre las mejillas. Los labios se los había decorado de rosa viejo. Cuando saludó al diariero dejó al descubierto algunos dientes pintados del mismo color.
Usaba aros verdes que le hacían juego con el collar de perlas de fantasía. Se ve que en otra época había sido una mujer muy coqueta; pero esa tarde, todo en ella causaba un efecto de lástima y horror al mismo tiempo.
Llegó con su canasta de mimbre, casi tan gastada como ella. Un regalo de Ernesto, al principio de la relación. Todavía la conservaba. Le traía el recuerdo de muchas otras tardes frente a la Costanera. El mate junto a las sonrisas y la compañía de su amor, de su “segundo amor”, como ella lo llamaba.
Con manos temblorosas jugueteó un rato hasta sacar algunos recipientes y una botella de leche. Al comenzar a verterla se manchó el tapado, pero no le importó. Un poco de leche cayó sobre la vereda, tampoco pareció importarle.
Después extrajo la carne cruda y la acomodó en diferentes bandejas de cartón. Fue en ese momento cuando, diez, quince, veinte gatos se le acercaron. Pasearon entre sus piernas, ronronearon, maullaron.
Elena los acariciaba. Ellos pacientes, esperaban. Sólo comenzaron a comer cuando ella les habló con mucha dulzura y les indicó que se acercaran. Esos gatos, ahora, eran su vida.

viernes, 18 de julio de 2008

LA DAMA PROVOCADORA

Ese día la vi llegar. Muy demacrada, vestía de gris. Tiene un don muy particular, logra convencerme, me irrita y me conmueve a la vez, siento pena al verla tan ajada, tan gastada, tan altiva por momentos. Nunca sé si viene para instalarse o sólo por un rato. Sólo para decir lo suyo, provocarme, dejarme inmersa en un sopor indeseable y después marcharse de golpe, casi sin darme tiempo a reaccionar. Ella es así, a esta altura ya debería haberme acostumbrado, ya la conozco, hasta sé con qué intenta sorprenderme.

Pero ese día… algo distinto ocurrió, por lo menos la vi llegar, otras veces ni la siento, siempre tan silenciosa, tan poca cosa.

Al verla venir creí tener tiempo para prepararme, para buscar adentro mío las palabras con qué rebatir sus argumentos. No pude, es tan obstinada que me supera.

Primero se sentó muy cómoda y comenzó a observarme mientras yo leía. Ni una palabra, sólo me miraba de arriba abajo como si no me conociera. A tal punto me desnudó con su mirada que me sentí intimidada, mis mejillas ardían, el libro cayó de mis manos y empecé a llorar. Las lágrimas rodaban y ella se regodeaba en mi dolor. ¿Cómo puede ser tan cruel? ¿Hasta dónde va a llegar? ¿ Hasta dónde voy a dejar que llegue?

¡No! ¡Basta! ¡Esta vez no quiero! El grito salió de lo más profundo, casi desgarró mi pecho. ¡ No me toques! ¡No me mires! ¡No me hables! Sólo dejame verte como lo que sos, tal cual estás ahí, agazapada, al acecho, esperando.

Y ese día algo sucedió… Me revelé. Intenté acariciarla y se me escurría entre las manos. Se asustó tanto que temblaba. Nunca la había tratado así tan dulcemente. Mis labios dibujaron una sonrisa y la besaron con ternura y en ese instante fuimos una. Una misma para no separarnos por ese momento, una misma para acompañarnos, aceptarnos y querernos. Una misma, mi soledad y yo.

La espera

¿Cuándo va a venir? ¿Va a tardar mucho? ¿Piensa que tengo todo el día para esperarlo?

¡Uy, pobre pibe! Por poco se mata con semejante resbalón.

¡Qué cómico el gordito del sombrero! Seguro que el impermeable lo compró hace unos años y con diez kilos menos.

¡ Y éste que no viene! Ya llevo más de media hora de aguante.

¿Por qué tardará tanto? Con lo que odio esperar. Hace veinte minutos que llegué. Si por lo menos tuviera un libro... Jamás pienso en los imprevistos. ¿Cuánto más se va a demorar?

¡Uy Dios! Lo empapó entero ¡Que hijo de puta! Sí, seguí puteando que total no te va a escuchar; a la velocidad que lleva ya debe andar por el obelisco. Nunca falta algún mal parido que se divierte salpicando trajes ajenos, total la tintorería la paga el otro.
¡Puta, cuánto más voy a tener que esperar!

¿Por qué se habrá largado semejante tormenta? Menos mal que se desocupó esta mesa junto a la ventana. Esta lluvia... Cuando Pablo nació llovía torrencialmente como ahora. ¡Qué noche! El auto no arrancaba y yo con esos dolores tan fuertes. Pensar que de chica disfrutaba tanto de la lluvia. Cómo chapoteaba en los charcos, las botas azules, la capita a cuadros, las peleas con Olga, la muñeca rota, el llanto inevitable.

Si no fuera por esta lluvia ya me las habría picado. Se la veía venir.También sólo a mí se me ocurre salir sin paraguas un día como hoy. Siempre me molestó llevarlo porque después sale el sol y quedo como un boludo, aunque hoy...

¡Qué bien bordaba tía María! Estas hojitas del mantel ella las habría hecho más parejas, todas iguales, como ese sábado cuando me enseñó a cocinar las palmeritas. " Hacé rollitos y los cortás a tres centímetros, todos simétricos". ¿Tardará mucho más? ¿Dónde habré guardado las carilinas?

Aquél sí ¡qué ridículo! ¿De qué le sirve el diario sobre la cabeza si tiene las pilchas hechas sopa? Ya no aguanto más, le doy cinco minutos, si no viene me las tomo y que lo cure Lola.

Me ajusté demasiado el pañuelo al cuello. Sofocón, calor, temor, desmayo. "La rubia está emocionada", decían. Recién se dieron cuenta de que algo andaba mal cuando me desplomé. El rosario y el libro de misa cayeron al lado mío. ¡Qué vergüenza! Nunca me gustó la organza, menos ese día. También llovía. El vestido se mojó, se arrugó todo. Al llegar a casa me lo saqué. ¿Dónde estará? ¿A quién se lo habrá regalado mi madre? Ella siempre encontraba alguien a quien entregar lo que sobraba y lo que no sobraba en casa. ¡Y este hombre que no aparece!

La rubia también está esperando, no me acuerdo si llegó antes o después que yo. No, no, llegó después porque cuando entró se acomodó en esa mesa donde había estado la gorda que masticaba con la boca abierta.

Qué buen detalle una rosa en cada mesa. Me gustan más las margaritas. Me quiere, no me quiere, me quiere, me quiere mucho, poquito, nada, me quiere. ¡Si las habré deshojado! La abuela, enfurecida porque arruinaba el jardín.
¡ Por Dios, cuándo va a llegar! Casi ni recuerdo su rostro. ¿Será éste que se acerca? Sí, es él. Por suerte, ya era tiempo. Pago ahora, tomo el té y me voy. Ricardo debe estar preocupado porque tardo tanto, aunque tal vez se imagine que con esta lluvia...

¡Al fin flaco! Se dirige hacia mí. ¿Pero qué le pasa al chabón? Se equivocó. ¿A dónde va? ¿Me lo habré confundido con otro? No, no , es él. Sí, no cabe duda, es él con mi capuchino doble. Pasealo un ratito, no te hagás problema que total el boludo espera. No importa que la rubia haya llegado después. Dale, tomate tu tiempo. Servile tranquilo el tecito a la señora. ¿Encima tengo que esperar que le des el vuelto? ¿Te parece que aguanté poco, morocho? Si no fuera por esta puta lluvia...

Algo de verdad, algo de mentira

Martes, dos de la tarde, sentadas sobre la alfombra celeste del living, madre e hija juegan el juego que más las divierte, "algo de verdad, algo de mentira". Es muy simple, consiste en que una elige un tema y la otra empieza a relatar la historia, mezclando, como el juego lo indica, algo de verdad algo de mentira. Gana la que adivina la mentira.

Sofía, de casi tres años es quien comienza.

- Contame de cuando nací.

- Estábamos todos impacientes. Yo trataba de tranquilizarme porque sabía que con tu papá no podía contar, se la pasaba fumando y caminando por los pasillos. Era una pila de nervios el pobre, claro, no era para menos, pero ni siquiera lo disimulaba y qué te voy a decir de los abuelos. Ni bien se enteraron de que partimos al sanatorio, se vinieron a acompañarnos. Después llegó el momento del parto. Sentí unos fuertes tirones en la panza, me llevaron en una camilla, respiré profundo y seguidito y al rato llegaste vos. Acomodaron tu cuerpito tibio sobre el mío y te llené de besos, ¡eras tan pequeñita! Entonces, lloré de tan contenta que estaba. Más tarde te limpiaron, te pesaron, te midieron, en fin, todo lo que le hacen a los bebés cuando nacen. A mí me subieron a la habitación, que tu papá había adornado con flores rosas ni bien se enteró que eras una nena. Y te trajeron en una cunita así estabas cerca nuestro. Yo miré por la ventana y ví que llovía, llovía torrencialmente...

- Mentira, interrumpe Sofía, había sol.

- ¡ Pucha otra vez me ganaste! Es verdad, ese día había sol, un sol hermoso, casi tan lindo como vos mi "solcito".

Las dos se abrazan, rien y entran a rodar por la alfombra.

Paula sabe que algún día le tendrá que cambiar la historia, que ese día está cada vez más próximo.

Le dirá que apenas tenía un mes cuando la adoptaron, que antes pasaron por asistentes sociales, por trámites en el juzgado, por angustias de espera, hasta que finalmente la tuvieron con ellos. Que la historia tiene otras verdades, como que salieron corriendo a comprar un moisés y pañales, que Juan llenó la casa de flores, que lloraron de felicidad al verla y que ese día había un sol brillante, como el amor que sienten por ella.

Pero hoy, aunque sea por un rato, quiere quedarse con ese nacimiento imaginario, como si lo hubieran vivido las dos juntas.

Secretaria@com.ar

Secretaria Administrativa - inglés, fax, PC, dominio Win.95, Excel y Word. Presentarse 10/08 de 12 a 16 hs. en Corrientes 1416 P.3 Of.32 o remitir urgente CV a CC 530 (1000) o a través de E-mail: Campus@scon.com.ar

Elena leyó el aviso varias veces: no entendía de qué se trataba; salvo las tres primeras palabras, lo demás le resultaba confuso.

Había algo ahí que no encajaba. En un momento se asustó, temió que el tiempo jugara con ella, comenzó a pellizcarse para comprobar que no dormía y se asomó a la galería. Sin embargo todo era habitual, como cualquier otro domingo.

Su madre cosía, pedaleando en la Singer, una falda que ella estrenaría al día siguiente para una entrevista laboral. En el patio, su hermana menor jugaba a la rayuela con la vecinita. Su padre encendía el fuego para el asado, mientras en la mesa ya estaba dispuesta la picadita con queso, papas fritas, maníes, vermouth, soda y granadina.

Corría el año sesenta y cinco y ella, recién recibida en la academia, lucía con orgullo su diploma y sus conocimientos: inglés muy bueno, dactilografía a la perfección, taquigrafía sobresaliente. Tenía buen porte y una dulce voz, carácter firme y discreción, codiciones fundamentales para toda secretaria.

Con el recorte en la mano, se acercó a su padre, que trabajaba en el correo central, para ver si la ayudaba, ya que ella, entre otras cosas, desconocía el significado de ese número mil entre paréntesis.

- Seguramente es una broma de algún gracioso, alguien que no tiene nada que hacer y se divierte poniendo avisos que complican a la gente honesta. No le haga caso m'hijita, fue el comentario de don Juan mientras acomodaba los chorizos en la parrilla.

Por la tarde, estuvo a punto de escribir, pero el consejo de su padre la hizo recapacitar; él tendría razón, dada su experiencia; no en vano llevaba veinte años en el correo.

Sin embargo, se notaba inquieta. Trató de encontrar un significado a cada palabra desconocida. ¡ Pero que tonta! ¿Cómo no me di cuenta antes? - pensó en voz alta. Excel Word: excelente palabra, querrá decir que tenga facilidad para expresarse. Fax : es indudable que hay un error de tipeo, debe ser fac., abreviatura de factible; PC : primer contrato.

Feliz, con su título en la mano, al día siguiente no sólo se presentó dentro del horario indicado sino que además entregó la carta de puño y letra, con todos sus datos.

La respuesta no tardó en llegar; hacía unos días habían instalado el teléfono en su casa: después de tantos años de espera ahora el aparato negro brillaba sobre la mesita redonda de la sala. Casi le dio un vuelco el corazón al escuchar la campanilla, sabía que la llamada era para ella, sabía que la tomarían, que ése sería su primer empleo.

- Elena, es tu teléfono. ¿No lo vas a atender? - preguntó Mariela, la nueva secretaria, joven, eficiente, con buen manejo de fax, Excel, Word y Win.95. Ella misma la había seleccionado, sería su reemplazante ahora que se jubilaba.

- No, ya me estoy yendo. Sólo vine a retirar algunas cosas.

Con cuidado juntó los portarretratos con fotos de sus sobrinos, el florero de cristal (regalo de sus padres) y un cuaderno índice de tapas negras del que rescató un antiguo recorte de diario, amarillento, también afectado por el tiempo, que decía así:

Secretaria Administrativa, taquidactilógrafa, con conocimientos de inglés, presentarse 10/08 en Corrientes 1416 P.3 Of. 32 de 12 a 16 hs.


Mabel N. Loureiro

domingo, 13 de julio de 2008

Nuevo emprendimiento (Condicional Simple)

Yo diría que fue una charla productiva. De ahí surgirían nuevas tendencias para el crecimiento y desarrollo de nuestra empresa. De todas formas, estaría alerta. Estaría expectante porque no siempre las cosas se dan como se proyectan, a pesar del optimismo.
Consideraría que con una mínima inversión el emprendimiento tendría mucha factibilidad. Para comenzar no sería necesario ubicarnos estratégicamente en la zona de Recoleta. Cumplirían adecuadamente el objetivo las zonas de Almagro o Boedo, ya que son más económicas y con muy buena comunicación hacia todos lados.
Pensaría también en la campaña publicitaria (nada demasiado ostentoso), sólo sería lo necesario para que los que ya conocen nuestro nombre, sigan apoyando este crecimiento.
Tampoco me olvidaría del brindis inaugural, algo sencillo con lo que agasajaríamos a nuestros invitados, algunos, potenciales clientes.
No obstante, esperaría un poco para tomar las decisiones finales. Por supuesto pensaría muy bien antes de darle el toque definitivo, que iríamos viendo en conjunto y podríamos incluir en el Anexo aparte.
Una vez analizado todo, pondría sobre la mesa y por escrito las pautas para beneficiarnos con este espléndido proyecto.
Si estuviéramos de acuerdo, no habría mucho más que tratar y sólo nos restaría poner manos a la obra para comenzar con los preparativos.
Después de ello, nos saludaríamos estrechamente y así dejaríamos sellado este compromiso.

Anexo
I: mi cepillo de dientes no lo compartiría. Podrías traer el tuyo.
II: el lado derecho de la cama, seguiría siendo mío. Sólo te lo podría prestar un rato (por alguna vuelta en algún momento de cualquier amanecer).
III: cocinaría, limpiaría, lavaría, plancharía (todo para dos) sí y sólo sí tuviera muchísimas ganas de hacerlo.
IV: mi perra seguiría siendo mi perra aunque te mueva la cola. Vos la pasearías.
V: muy a mi pesar aceptaría el fútbol por TV pero NUNCA por RADIO.
VI: JAMAS una carrera de fórmula uno. Ni por TV ni por RADIO.
VII: te pelearía un poquito de vez en cuando, sólo para escucharte decir “ guerrera sagitariana”.
VIII: te amaría y me dejaría amar sin vueltas, aún CON DOLOR DE CABEZAS.
IX: no te usaría el auto porque JAMÁS aprendería a manejar.
X­: ………………………………………………
Para finalizar, sobre la mesa también dejaría una lapicera, con la que dibujarías esas hermosas mariposas volando y además podrías anotar la fecha del inicio del proyecto. Te sugeriría que fuera dentro del mes entrante. Estaría perfecto el próximo fin de semana. Considerando que hoy es miércoles, me parecería más que indicado.
Firmalo al pie. Si querés podés agregar una pauta más en el casillero punteado, que yo con gozo NO aceptaré.

Soliloquio

Sí me dolió. Claro que me dolió. Qué se cree, que una es de madera o que tengo el corazón frío. Un témpano ¿Eso piensa que soy? Total ella tiene todo lo que quiere. Si Oscarcito la trata como a una reina. Qué sabe lo que es contar las monedas para llegar a fin de mes. Que te corten el gas en pleno julio y que no puedas recurrir a nadie porque tus amigos están igual que vos o peor. Qué sabe de estar con arroz y fideos con lo que me gusta el asado. Pensar que venían todos a comer a casa, nunca faltaba el vermouth del domingo. Que porqué no le hice caso a papá, venirme con eso ahora. Y qué culpa tengo yo si no me gustaba el estudio. Se olvida de cuando le cuidaba a la nena, si siempre se la cuidé bien, si gracias a mí no fue a ninguna guardería como el nene de Cacho que se la pasa con los mocos colgando todo el año y siempre enfermito. Por suerte la nena le salió buena, si hasta me decía mamá. Qué bronca que le daba, claro si estaba más conmigo que con ella. Que los fines de semana también así ella podía salir al cine con Oscarcito. Ella se olvida pero yo no y no se lo dije para no darle el gusto, para que después me diga que ella me pagaba, que porqué no ahorré, que no me pidió la casa cuando papá murió. Se olvida de todo o quién lo cuidó a papá cuando se enfermó. Quién se iba todas las mañanas al hospital, la gracia que me hacía estar limpiándolo cuando se le caían las babas, si me daba asco pero hacía tripas corazón y lo atendía. Pobre viejo. Si ella se asomaba sólo para traer plata. Que comprale los pañales. Que pagale a las enfermeras. Que no te olvides de comprarle el gel para las escaras y ahí iba yo haciendo todo. Y se me hizo un nudo en la garganta, se me cerró el estómago y no le pude contestar nada. Y no sé porqué le tengo miedo ¿Miedo? Si la que la zarandeaba de chicas era yo. Se estará vengando. No tiene derecho a decirme eso ¿ Y qué se cree? Qué a mi no me hubiera gustado tener un marido o un buen trabajo y no esta mierda de limpiar las casas ajenas, la mugre ajena y cada vez me duele más la espalda. Todavía me reprocha que me hice despedir de la fábrica. Pero que sabe ella si la que tenía que pelarse el lomo trabajando era yo, tantas horas por una miseria. Y cada vez que me ve me lo refriega por la cara, qué ahí por lo menos tenía un ingreso fijo y todo por unos pesos roñosos que le fui a pedir que maldigo el momento que se me ocurrió , que no sé porqué le hice caso a Martita, si yo ya sé cómo es ella, si disfruta cada vez que me da un sermón, pero esta vez se pasó. No le voy a pisar nunca más la casa. Después que diga lo que quiera, que tengo la escuela de tía Norma, que me llenó la cabeza, que se ofendió con papá y ni siquiera fue al velorio y encima me pregunta si quiero que nos pase lo mismo. Ella, justo ella me dice a mí que me acuerde que somos hermanas y… no le pude contestar. En ese momento le tenía que haber dado una bofetada. Una no, diez, veinte por todas las que no le dí y me comí en tantos años, porque eso no se hace, no a una hermana, si ella sabía que a mí me gustaba Oscarcito. Que me gustaba no, que yo lo quería como lo sigo queriendo, pero ella nada, se cagó en mí y no paró hasta conquistarlo, siempre coqueteándole y el otro que no es de palo se dejó engatusar y por mi se puede morir mañana que no le piso el velorio por muy hermana mía que sea porque no hay derecho a que me siga lastimando tanto, porque esta vez me dolió. La puta si me dolió.

Versión libre – Caperucita Roja


Cuando empujó la puerta de la habitación y lo vio ahí, recostado, supo que su vida tomaría un giro. Tal vez fue la forma en que la miró.
Todo había comenzado un tiempo atrás. Un cruce de caminos, un encuentro casual. Inmediatamente sintió la atracción, como un imán.
Algo dentro suyo la llevó a desoir los consejos tan grabados en su memoria “no te apartes de tu camino”, “no te metas con extraños”, “no seas tan confiada”, “pueden lastimarte”. Nada de eso le importó, hasta olvidó su objetivo. Todo lo demás podía esperar.
Ahora estaban ahí, frente a frente.
Palpó el engaño junto con el aroma a incienso. Supo que para él, ella era una más. No le importó. Siguió; siguió avanzando. El magnetismo era fuerte.
Apenas él le tomó la mano y la atrajo suavemente; apenas sintió el contacto con esa piel, un grito intentó salir de su garganta, pero no pudo. Ya era tarde para salir corriendo. Sólo cerró los ojos y se dejó llevar. Dejó que la besara, que la mordisqueara, que la comiera, hasta el final.

lunes, 30 de junio de 2008

Nuestra Máquina

Esa noche la prendimos.
A los dos nos gusta cocinar. Juntos. A los dos nos gusta comer. Juntos.
Roquefort con romero y nueces es una buena combinación. Si agregamos la salsa de naranjas en su punto justo, la pavita se convierte en el manjar más afrodisíaco de todos los tiempos.
Ese viernes no teníamos apuro. Nuestra máquina lo sabía.
Afuera, el calor de la noche brillaba en una luna creciente. Adentro, el aroma de las especies penetraba en nuestros cuerpos.
Las caricias se mezclaban con el sonido de los cacharros al rehogar los cebollines en el vino tinto.
Los minutos pasaban y se cruzaban con el sonido casi imperceptible de nuestra máquina, señal de que estaba funcionando bien.
Era nuestra noche perfecta. Se la debíamos a ella.
Una música suave, romántica, nos llegaba desde el living. La mesa estaba pensada para dos y las velas blancas con perfume a magnolias, encendidas, tal como nos sugirió la última vez que la usamos.
Nos mirábamos a los ojos, profundamente. Nuestras sonrisas dibujaban besos de caramelo ahí donde se encontraban nuestras almas.
De golpe el pecho se nos oprimió. El aire nos faltaba en los pulmones y la congoja nos ahorcaba. No nos dimos cuenta en qué momento comenzamos a llorar. Las lágrimas caían y rodaban por nuestras mejillas, por nuestras manos que ya no se acariciaban, ahora temblaban.
Sólo sentimos que no podíamos dejar que siguiera avanzando. Que tanta perfección nos confundía. Nos desnudaba. Nos daba miedo.
Entonces, la apagamos. “Nuestra máquina de crear noches de amor” nos había desbordado, otra vez.
Nuestros ojos ya no se miraban como antes.
Decidimos volver a nuestra normalidad.
Encendimos el televisor y cenamos en silencio.


Mabel