viernes, 8 de agosto de 2008

ELENA

Si bien en cada barrio hay una y todas tienen algo en común, Elena superó cualquier imaginación.
Llegó a la esquina del hospital a la misma hora de siempre. Llevaba el tapado de paño azul con el forro descosido que se escapaba por debajo del ruedo. Siempre el mismo tapado. Cada invierno le sacude sin éxito el olor a naftalina y humedad. Toda ella huele a humedad, hasta sus ojos, húmedos de tanto llorar. Desde que Ernesto se fue, hace siete años, los únicos que llenan sus tardes son los gatos.
Avanzó con pasos cortos y lentos, por momentos tambaleándose. En el andar se notaba cómo iban corriéndole los años. Los cabellos asomaban desprolijos por debajo del gorro de lana. Un gorro tejido por ella misma en otro tiempo, y que tanto le gustaba a Ernesto. Tantas veces le había pedido un hijo… Tal vez ahora podría tejerle gorros o sueños, pero no, lo único que tenía eran esos gatos.
Pudo caerse al cruzar el empedrado, sin embargo, las botas blancas con taco aguja y tapitas gastadas, la sostuvieron a pesar de su poca estabilidad.
El colorete barato le brillaba mal desparramado sobre las mejillas. Los labios se los había decorado de rosa viejo. Cuando saludó al diariero dejó al descubierto algunos dientes pintados del mismo color.
Usaba aros verdes que le hacían juego con el collar de perlas de fantasía. Se ve que en otra época había sido una mujer muy coqueta; pero esa tarde, todo en ella causaba un efecto de lástima y horror al mismo tiempo.
Llegó con su canasta de mimbre, casi tan gastada como ella. Un regalo de Ernesto, al principio de la relación. Todavía la conservaba. Le traía el recuerdo de muchas otras tardes frente a la Costanera. El mate junto a las sonrisas y la compañía de su amor, de su “segundo amor”, como ella lo llamaba.
Con manos temblorosas jugueteó un rato hasta sacar algunos recipientes y una botella de leche. Al comenzar a verterla se manchó el tapado, pero no le importó. Un poco de leche cayó sobre la vereda, tampoco pareció importarle.
Después extrajo la carne cruda y la acomodó en diferentes bandejas de cartón. Fue en ese momento cuando, diez, quince, veinte gatos se le acercaron. Pasearon entre sus piernas, ronronearon, maullaron.
Elena los acariciaba. Ellos pacientes, esperaban. Sólo comenzaron a comer cuando ella les habló con mucha dulzura y les indicó que se acercaran. Esos gatos, ahora, eran su vida.

1 comentario:

pablo dijo...

buenisimo!! mabel me encanto...
tu ahijado pablo