miércoles, 20 de agosto de 2008

UN DIA DIFERENTE O HISTORIA DE UNA OBSESION

Cerró la puerta de calle y al agacharse a recoger el maletín la duda lo acosó. Volvió sobre sus pasos. Subió al ascensor y de ahí al tercer piso. Ya en su casa comprobó que todo estuviera bien: las canillas y las llaves de gas, cerradas y las luces apagadas.
Antes de salir pasó por el baño. Sus manos le preocupaban, siempre las veía sucias. Tomó el cepillo y comenzó a lavarlas. Las secó y volvió a mirarlas. No quedó conforme. Nuevamente tomó el cepillo, jabón líquido y agua. Recién cuando vio el brillo en las uñas se sintió tranquilo.
Una vez en el colectivo abrió el maletín. El trabajo estaba ahí, junto con la agenda y el celular. Varias veces se había levantado de la cama la noche anterior para corroborar que nada faltara.
Por las dudas que su memoria le jugara una mala pasada, volvió a abrir el maletín. Una profunda mirada le bastó. Lo cerró con una mueca de satisfacción, todo estaba en orden.
Palpó las llaves en el bolsillo de su saco e instintivamente hizo el gesto de cerrar la puerta de su departamento.
Cuando volvió a su casa, por la noche, varias veces se lavó las manos antes de acostarse.
Comprobó que la puerta estuviera bien cerrada igual que las canillas y el gas apagado. Verificó el maletín para el día siguiente. Hizo su rutina nocturna con el mismo esmero de todas las noches.

Lo despertó el estruendo. Percibió un olor raro a medida que iba reaccionando. El viento se filtraba de lleno por la ventana que había perdido los vidrios con la explosión.
Las canillas habían desaparecido y el agua brotaba a chorros de la cañería averiada. La puerta no estaba cerrada con sus cerrojos porque ya no había puerta. Los papeles de trabajo que había guardado en el maletín, volaban dentro de lo que quedaba de la habitación.
Se incorporó. Sus ojos chocaron con la realidad. Gritos, llanto, y un gran hueco. Su habitación en el medio de la nada, en el medio del caos. La explosión se había llevado los departamentos que daban al frente del edificio de tres pisos.
Tambaleándose, arrastrándose, saltando entre escombros pudo llegar a la calle.
Entre los escombros distinguió uno de los cerrojos de su casa. Fue un segundo nada más, el intento de buscar las llaves en un bolsillo que no tenía.
Antes de ser asistido por un médico, miró sus manos, ahora sucias, sucias de polvo y sangre y por primera vez en treinta años vio el lunar sobre la palma izquierda.

1 comentario:

ade dijo...

- No hay obseción valida para que la vida nos sorprenda, es increible que un sacudón fuerte nos haga descubrir lo que somos y no vimos. Muy bueno