viernes, 8 de agosto de 2008

ELENA CONOCE A JÉROME

Son las seis de la tarde. Hoy Elena se quedó con los gatos un rato más que de costumbre.
Al incorporarse, después de acariciar al último gato, siente un fuerte tirón en la cintura. Le duelen las piernas y no sabe si va a poder llegar sola hasta su casa. Es sólo una cuadra, pero hoy…
De pronto un olor a tabaco la saca de sus pensamientos. Ve una persona que se aproxima, envuelta en humo. Hace un esfuerzo, se apoya contra el paredón. El dolor es cada vez más fuerte. La figura está acercándose. Es sólo animarse.
El hombre fuma, parece no verla; sin embargo, cuando Elena le pide ayuda casi en un suspiro, no duda. Arroja el pucho y le ofrece su mano. Después recoge la canasta del suelo y le da su brazo para que ella se afirme en él.
Se miran y se dicen palabras afectuosas, surgidas de la necesidad, del no conocerse pero sentir que pueden ayudarse.
Él acompañará a Elena hasta su casa. No es molestia, no tiene nada que hacer. Ella le ofrecerá un té o una leche caliente. No le importa que fume, pero mejor sería que dejara, por su salud. Ella le contará cómo fue que dejó el cigarrillo hace tres años . Firme decisión, dirá, y eso que fumaba casi un atado diario.
Por unas horas él no fumará, casi sin proponérselo. Se le irán pasando las horas sin darse cuenta.
Hablarán de la vida de cada uno, de la de ahora y de la de antes. Elena le contará de cómo la vida la premió con dos amores. Que a uno lo perdió siendo muy joven, y el otro murió hace siete años, que lo único de lo que se arrepiente es de no haber tenido un hijo.
Jérôme la escuchará con sincera atención, algo de Elena lo atrapará. Se animará y de a poco le contará sus sueños.
Después hablarán de esa tarde diferente, de los gatos. Tal vez mañana Elena no pueda ir si sigue con ese dolor. Tal vez él sí. Tal vez pase a verla. Tal vez no, seguro.

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