lunes, 20 de octubre de 2008

HABIA UNA VEZ

“Había una vez en un país muy lejano, una niña de cabellos de oro. Vivía en una cabaña…
La sombra interrumpe la lectura de Beatriz.
- Mami esa historia ya me la contaste. Tendrías que seguir con otro capítulo. Ayer también me leíste algo repetido.
- Es que no veo bien y se me olvidó marcar adónde llegué con la lectura.
- Pero si no continuas con la historia y siempre me lees lo mismo, no voy a poder ir a jugar con mis amiguitos.
Beatriz avanza unas páginas en el libro, en algún lugar hizo una marca. Ya van veinte noches que se sienta en la mecedora cerca de la cama de Agustina. Veinte noches de leerle un cuento sabiendo que al final, la sombra partirá definitivamente. Ese fue el pacto y cada vez se acerca más ese momento.
“Era la noche de su sexto cumpleaños, muchos animalitos del bosque le llevaron nueces y chocolates y Agustina…
Nuevamente la sombra interrumpe la lectura.
- Mami, Agustina soy yo, está bien que cumplí seis años, pero te equivocaste, la nena se llama Estefanía.
- Uy solcito, perdoname a veces me confundo.
“Estefanía estaba muy hermosa con el vestido que le había cosido el hada …
- ¿Mami, el vestido era rosa como el mío?
“Estefanía estaba muy hermosa con el vestido rosa que le había cosido la abuela…
-¡No mami! Otra vez te equivocaste, era el hada. ¿Vos no querés que yo me vaya a jugar con mis amiguitos?
- Perdoname cielito es que…

Las lágrimas no le permiten seguir hablando. Tal vez ya es hora de soltarla. El pacto hablaba de cinco días y ella lo prolongó y lo prolongaría eternamente, sino fuera porque la sombra cada vez se va desdibujando más. Ya perdió la sonrisa y los hoyuelos. Los dientes ya no le brillan y dejó de revolotear los ojitos pícaros por toda la habitación.
Beatriz se acerca a la sombra, extiende sus brazos para brindarle el último abrazo. Le acaricia el cabello y busca en lo que queda, la mejilla de su niña. Le da un beso de despedida y le susurra al oído que ya puede partir a jugar con sus amiguitos.
La ve correr por la habitación. Subir al techo. Pasearse entre los peluches y la casa de muñecas. Le da dos pedaleadas a la bicicleta. Abre el cofre donde están sus collares y pulseras de princesa, elige algunos y se los pone. Hurguetea debajo de la cama hasta encontrar los zapatitos de tul.
Antes de irse, la sombra agita su manito. Le tira un beso a Beatriz y le regala la última sonrisa.
Beatriz, cierra el libro.

sábado, 18 de octubre de 2008

CALLEJON MALVON

Día primero:
Atado a un poste de luz, en el callejón Malvón, Fernando Herrera encontró un minotauro albino. Lloraba y pataleaba hasta la desesperación. Cuando Fernando Herrera se le acercó, el minotauro resopló y esbozó una sonrisa. Ese gesto fue suficiente. Lo desató y se lo llevó.

Día segundo:
Por la mañana, después de servirle la comida y llenarle un balde con agua salieron a pasear. Una vez en la calle, el minotauro acomodó su osamenta para hacer sus necesidades. Provocó una inundación en la esquina de Huertas y Flores. Fernando Herrera bajó la vista ante la mirada acusadora de los porteros de los edificios vecinos y de las viejas del barrio, quienes para cruzar la calle, tuvieron que sumergir sus pantorrillas en la orina del minotauro.

Día tercero:
Para evitar los reproches de vecinos, Fernando decidió enseñarle al minotauro el uso del inodoro. Para que entrara cómodo, tuvo que sacar la puerta del baño y correr la bañera de lugar. El minotauro aprendía rápido; sólo le faltaban algunos ajustes como apretar el botón y procurar que todo cayera dentro del recipiente.

Día cuarto:
En el silencio de la madrugada, un olor fétido inundó el departamento. El minotauro todavía no calculaba bien y en su incursión por el baño, había ensuciado todo alrededor. Fernando, lleno de furia, lo retó. El minotauro hacía pucheros. Pesadas lágrimas le rodaban por las mejillas. Su cuerpo se convulsionaba. Temblaron las ventanas y cayeron los cuadros de las paredes. En su desesperación por calmarlo, Fernando le permitió que durmiera junto a él en la cama. En señal de agradecimiento, el minotauro movió varias veces la cabeza, sacudiendo su melena albina.

Día quinto:
Los ronquidos del minotauro lo despertaron a las tres de la madrugada. Lo tocó. Lo empujó. Nada. Fernando supuso que estaría soñando porque se le movían los párpados. Pensó con qué soñaría un minotauro. Lo que fuera, lo conmovió. Hacía frío. Sacó una frazada del ropero y lo cubrió para que no se resfriara.

Día sexto:
Cuando Fernando llegó del trabajo, fue tal la alegría del minotauro que se puso a saltar sobre la cama. Brincaba y daba vueltas carneros. Finalmente, la cama quedó convertida en un tobogán por el que se deslizaba feliz. Ese mismo día, el minotauro, familiarizándose con la cocina había hecho unas ricas tortillas de papas y avena con las que convidó a Fernando.

Día Séptimo:
Fernando Herrera se levantó muy temprano. Llenó la bañera con agua tibia y le agregó sales con perfume a sandía. Con cierto recelo y a regañadientes, el minotauro entró a la bañera. Al cabo de una hora, Fernando, a los empujones, logró que dejara el patito de plástico y terminara con las burbujas de jabón.
El minotauro se secó, se entalcó, se peinó y tomó prestado el mejor sombrero de Fernando.
El mediodía, los sorprendió caminando juntos rumbo al callejón Malvón.

domingo, 12 de octubre de 2008

CARTA A BARCELONA

Buenos Aires, Octubre de 1968

Querida amiga:

Te preguntarás porqué tardé tanto en contestar, sólo lo hago en honor a otras épocas, por nuestra promesa.
Primero fue el casamiento de Blanquita, con todos los preparativos como podrás imaginarte y después vino el entierro de José. Así, sin respiro. Pasamos de la fiesta a la sala de velatorio en menos de cuarenta horas. Se me vació la casa de golpe. También se me vació el alma. Recién ayer terminé de sacar todas sus pertenencias. Regalé todo.
Me preguntas cuándo pienso viajar y no es que no me gustaría; sabes como amo Barcelona. Me puedo perder horas en la Rambla, entre flores y mercadeo y ni te cuento lo que sería para mí volver al barrio gótico. Pero dado las últimas novedades, que te detallaré enseguida, creo que será mejor no vernos.
Pobre José, morirse así de repente. Me contó Paquita que te ha puesto al tanto de todo. A ella siempre le ha gustado dar las malas noticias, así que me pareció oportuno dejarla hacer, además yo no tenía fuerzas ni ánimo. Pero haciendo honor a mi historia, saqué energía de donde estaba oculta y me propuse seguir; seguir con mi vida de la mejor manera posible, a pesar de todo.
De modo que después de haber llorado durante veinte días con sus veinte noches, una mañana me levanté y me dije, “ ya está, ahora, a tirar del carro”. Así que puse manos a la obra y comencé con la ropa. Ni te imaginas la cantidad de camisas, zapatos y corbatas que tenía este hombre ¿O tal vez sí? En fin, como te dije antes, regalé todo.
Después vino el turno de los papeles y junto con los papeles, mi sorpresa. Escondida entre sus carpetas y libracos, encontré una caja roja y dentro de la caja una gargantilla de esmeraldas. Quedé consternada, me faltaba el aire. Ya sabía yo de su generosidad. También suponía que él estaba organizando algo por nuestros veinticinco años de casados, pero nunca imaginé semejante regalo. Sabía también que las cosas en la empresa no iban del todo bien y que por eso tenía que viajar tan seguido para rendir cuentas a sus socios franceses, al menos, eso decía.
Seguí revisando, con ánimo de acomodar sus cosas, y sabes, encontré una foto; sería de unos diez años atrás. Por cierto, tú estabas guapísima. Es raro, porque José me contaba todo. Sin embargo, de ese encuentro no me habló. Posiblemente había aprovechado un desvío; total de París a Barcelona no es mucho el trayecto. En fin, digo Barcelona, pero tal vez la cena fue en París. ¿Tú la recuerdas? Seguramente que sí. Y si no, deberías. Cuando di vuelta la garantilla ví un grabado que no correspondía a mis iniciales, en su lugar había una frase “ a Titi mi gran amor, José”.
La gargantilla cayó de mis manos, junto con la venda que cubrió mis ojos durante tantos años.
Tal vez ahora comprendas porqué me demoré tanto en contestarte. Una de las cosas que más me duele de todo esto, es no poder cumplir mi promesa.
Primero pensé en enviarte ese obsequio que, por cierto, te pertenecía; obsequio que seguramente fue pensado y elegido con mucho amor. Pero después decidí donarlo. Se lo envié a las monjas del San Ignacio en Madrid ¿te acuerdas? Dos niñas pequeñas, dos huérfanas viviendo juntas, comiendo juntas, jugando juntas y compartiendo sus días y sus fantasías. Prometiéndose amistad eterna.
Titi: perdón pero en este momento rompo mi promesa. Te doy libertad total. Puedes buscar otra amiga, porque ésta, ésta te abandona como tú la abandonaste el día que cruzaste esa línea tan delgada.
Josefina

CARTA DESDE CARACAS

Caracas, Octubre de xxxx

Queridísimo Row:

¿A ti te parece justo que tu propia madre venga a enterarse por un amigo tuyo que vas a contraer matrimonio? Pues a mí no.
Por cierto, te preguntarás cómo llegó esto a mis oídos. Entérate chico. Hace dos días, paseando por mi adorada Caracas, de pronto escucho una voz muy particular. Alguien hablaba de la materia, del Big Bang invertido y de la estación espacial. Escuché espacio e inmediatamente reconocí la voz.
Ahí, frente a mí tu amigo Erwin me traía una parte de tu vida.
Nos abrazamos emocionados. Él se sorprendió por verme tan jovial. Sabes, hizo un comentario que me ruborizó un poco. Dijo algo así como que los años me favorecían, que me veía espléndida. Es el Caribe, le dije.
Desde que dejé Oklahoma hace más de tres años ¿recuerdas?, mi piel se acostumbró a esta parte del planeta. Aquí se vive distinto, se siente chévere.
Pero volviendo al tema principal, quiero saber quién es ella, pues sólo tengo un nombre, que no me dice mucho. Detalles hijo, quiero detalles.
Me enteré por Erwin que pinta y vive en la Argentina. ¿Será soltera? ¿ O divorciada? ¿Y cómo la has conocido? Tú eres muy solitario, tantos meses en el espacio … A ver hijo, no me malinterpretes, sabes que siempre quise y querré lo mejor para ti, pero ¿no será una aventurera? ¿Sabrá que tu padre tiene pozos aquí en Venezuela?
Aunque conociéndote como te conozco, seguramente estará loca de amor por ti ya que eres una excelente persona, inteligente y emprendedor como pocos. No creas que en el mercado se consiguen fácilmente hombres como tú hijo mío. Eres un muy buen partido y esa señorita Alicia seguramente lo ha comprendido.
¿Ya la has visitado en su país? ¿Sabe ella que mueres por los knishes de papa y el guefilte fish? Ese apellido, me suena Dacart, Daract ¿ será de los Darcovsky de Ohio? ¿No será goy no? Bueno, de todas formas eso no es algo que a mí o a tu padre nos importe demasiado. Mientras sea tu felicidad, será bienvenida en nuestra familia. Será una hija para nosotros.
Lo noté un poco excitado a Erwin con esto de tu futura boda, fíjate que no paraba de hablar. Me contó todos los inconvenientes que se suscitaron en el espacio y lo bien que manejaste la situación. Siempre te ha admirado ese muchacho. Ojalá que él también encuentre una buena mujer con quien compartir su vida ahora que finalmente no harán más misiones y fijarán los pies sobre la tierra.
Bueno hijo, por ahora nada más. Respóndeme a la brevedad, no hagas sufrir a esta pobre madre tuya que tanto te quiere y extraña. Sólo quiero darte una sugerencia: apúrate Row
que ya no eres una criatura y yo quiero tener unos nietos a quienes besar y cuidar como te he cuidado a ti, como se debe cuidar a los niños, sacrificarse por ellos y hacerles budín de chocolate o strudell mientras siga estando bien, porque… una nunca sabe.
No olvides escribirme y mándame una foto de Alicia que quiero conocerla aunque sea de esa forma, o tal vez prefieras darme la sorpresa y venir con ella de visita a Caracas, sabes muy bien que lo que sobran en esta casa son habitaciones.

Te beso y te abrazo como cuando eras el niño pecoso que corría atrás de un barrilete y soñaba con volar.


Tu mamá.

domingo, 5 de octubre de 2008

LOS NIÑOS

Cada vez que Ana pensaba en ellos, algunas lágrimas asomaban en sus ojos celestes.
A pesar de que habían pasado más de veinte años, ese recuerdo la perturbaba. O tal vez lo que más la perturbaba fue darse cuenta de que no pudo hacer nada o casi nada. El sabor a poco se le colgaba del cuello y la asfixiaba.
En esa época, ellos eran una pareja joven, con tres niños pequeños. Ana, que también era joven y con un niño pequeño, los veía a través de la ventana del décimo piso de su departamento.
A veces, la pareja discutía y los niños lloraban. Otras veces, algún niño pedía algo y entonces ella les gritaba. Los niños lloraban, ella más gritaba. Los niños lloraban, él les pegaba.
Ana los veía aún sin querer. Hubiera querido no ver, no escuchar, pero los dos edificios estaban casi pegados.
Cuando Ana se enteró que algunos vecinos habían hecho la denuncia, no supo que pensar. A esa altura ya no sabía que era mejor para esos niños, si que siguieran con sus padres o rodar, rodar por hogares sustitutos o peor aún por alguna institución oficial, hasta que crecieran o que alguien los adoptara.
Una noche, los gritos perforaban las paredes, entonces Ana les tocó el timbre y los amenazó con llamar a la policía, entonces pararon. Por unos días hubo calma, pero después…
Los niños lloraban.
Un domingo, al volver del mercado, Ana vio a toda la familia junta. Los niños cantaban, reían, iban todos tomados de las manos. Parecían una familia feliz. A pesar de eso, la mirada de la madre era fría.
Ana no supo exactamente cuándo, pero al cabo de unos pocos meses, el departamento de enfrente quedó vacío. Se fueron y con ellos se llevaron el llanto y los gritos.
Pasó el tiempo, pasaron otros departamentos. Pasaron mudanzas. Pasaron rostros y vecinos nuevos, pero los niños…los niños no pudieron pasar de su memoria.