domingo, 12 de octubre de 2008

CARTA A BARCELONA

Buenos Aires, Octubre de 1968

Querida amiga:

Te preguntarás porqué tardé tanto en contestar, sólo lo hago en honor a otras épocas, por nuestra promesa.
Primero fue el casamiento de Blanquita, con todos los preparativos como podrás imaginarte y después vino el entierro de José. Así, sin respiro. Pasamos de la fiesta a la sala de velatorio en menos de cuarenta horas. Se me vació la casa de golpe. También se me vació el alma. Recién ayer terminé de sacar todas sus pertenencias. Regalé todo.
Me preguntas cuándo pienso viajar y no es que no me gustaría; sabes como amo Barcelona. Me puedo perder horas en la Rambla, entre flores y mercadeo y ni te cuento lo que sería para mí volver al barrio gótico. Pero dado las últimas novedades, que te detallaré enseguida, creo que será mejor no vernos.
Pobre José, morirse así de repente. Me contó Paquita que te ha puesto al tanto de todo. A ella siempre le ha gustado dar las malas noticias, así que me pareció oportuno dejarla hacer, además yo no tenía fuerzas ni ánimo. Pero haciendo honor a mi historia, saqué energía de donde estaba oculta y me propuse seguir; seguir con mi vida de la mejor manera posible, a pesar de todo.
De modo que después de haber llorado durante veinte días con sus veinte noches, una mañana me levanté y me dije, “ ya está, ahora, a tirar del carro”. Así que puse manos a la obra y comencé con la ropa. Ni te imaginas la cantidad de camisas, zapatos y corbatas que tenía este hombre ¿O tal vez sí? En fin, como te dije antes, regalé todo.
Después vino el turno de los papeles y junto con los papeles, mi sorpresa. Escondida entre sus carpetas y libracos, encontré una caja roja y dentro de la caja una gargantilla de esmeraldas. Quedé consternada, me faltaba el aire. Ya sabía yo de su generosidad. También suponía que él estaba organizando algo por nuestros veinticinco años de casados, pero nunca imaginé semejante regalo. Sabía también que las cosas en la empresa no iban del todo bien y que por eso tenía que viajar tan seguido para rendir cuentas a sus socios franceses, al menos, eso decía.
Seguí revisando, con ánimo de acomodar sus cosas, y sabes, encontré una foto; sería de unos diez años atrás. Por cierto, tú estabas guapísima. Es raro, porque José me contaba todo. Sin embargo, de ese encuentro no me habló. Posiblemente había aprovechado un desvío; total de París a Barcelona no es mucho el trayecto. En fin, digo Barcelona, pero tal vez la cena fue en París. ¿Tú la recuerdas? Seguramente que sí. Y si no, deberías. Cuando di vuelta la garantilla ví un grabado que no correspondía a mis iniciales, en su lugar había una frase “ a Titi mi gran amor, José”.
La gargantilla cayó de mis manos, junto con la venda que cubrió mis ojos durante tantos años.
Tal vez ahora comprendas porqué me demoré tanto en contestarte. Una de las cosas que más me duele de todo esto, es no poder cumplir mi promesa.
Primero pensé en enviarte ese obsequio que, por cierto, te pertenecía; obsequio que seguramente fue pensado y elegido con mucho amor. Pero después decidí donarlo. Se lo envié a las monjas del San Ignacio en Madrid ¿te acuerdas? Dos niñas pequeñas, dos huérfanas viviendo juntas, comiendo juntas, jugando juntas y compartiendo sus días y sus fantasías. Prometiéndose amistad eterna.
Titi: perdón pero en este momento rompo mi promesa. Te doy libertad total. Puedes buscar otra amiga, porque ésta, ésta te abandona como tú la abandonaste el día que cruzaste esa línea tan delgada.
Josefina

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