domingo, 5 de octubre de 2008

LOS NIÑOS

Cada vez que Ana pensaba en ellos, algunas lágrimas asomaban en sus ojos celestes.
A pesar de que habían pasado más de veinte años, ese recuerdo la perturbaba. O tal vez lo que más la perturbaba fue darse cuenta de que no pudo hacer nada o casi nada. El sabor a poco se le colgaba del cuello y la asfixiaba.
En esa época, ellos eran una pareja joven, con tres niños pequeños. Ana, que también era joven y con un niño pequeño, los veía a través de la ventana del décimo piso de su departamento.
A veces, la pareja discutía y los niños lloraban. Otras veces, algún niño pedía algo y entonces ella les gritaba. Los niños lloraban, ella más gritaba. Los niños lloraban, él les pegaba.
Ana los veía aún sin querer. Hubiera querido no ver, no escuchar, pero los dos edificios estaban casi pegados.
Cuando Ana se enteró que algunos vecinos habían hecho la denuncia, no supo que pensar. A esa altura ya no sabía que era mejor para esos niños, si que siguieran con sus padres o rodar, rodar por hogares sustitutos o peor aún por alguna institución oficial, hasta que crecieran o que alguien los adoptara.
Una noche, los gritos perforaban las paredes, entonces Ana les tocó el timbre y los amenazó con llamar a la policía, entonces pararon. Por unos días hubo calma, pero después…
Los niños lloraban.
Un domingo, al volver del mercado, Ana vio a toda la familia junta. Los niños cantaban, reían, iban todos tomados de las manos. Parecían una familia feliz. A pesar de eso, la mirada de la madre era fría.
Ana no supo exactamente cuándo, pero al cabo de unos pocos meses, el departamento de enfrente quedó vacío. Se fueron y con ellos se llevaron el llanto y los gritos.
Pasó el tiempo, pasaron otros departamentos. Pasaron mudanzas. Pasaron rostros y vecinos nuevos, pero los niños…los niños no pudieron pasar de su memoria.

1 comentario:

Principe LOBO dijo...

esos niños olvidados por Flavia Palmiero... te lo prometo!!!...