viernes, 19 de diciembre de 2008

CLARA DE HAEDO

Un día más. La misma hora. La estación de subte de siempre. Casi los mismos rostros. Como todas las mañanas elijo el primer vagón, es el más tranquilo, se viaja más cómodo.
Ella siempre estaba allí, en un extremo de los asientos para tres; si esta línea tuviera individuales, seguramente hubiera escogido ése, de todas formas, quedaba sola. Los pocos pasajeros que subían se acomodaban en los asientos centrales. Yo me ubicaba de frente, cerca de una puerta, quedaba en diagonal a ella.
La primera vez que la vi, de esto hará cinco meses, algo en Clara llamó poderosamente mi atención: muy delgada, cabello castaño y ojos claros, a veces la mirada fija en un punto. Usaba zapatos bajos, de tipo mocasín, que tenían cierta capa de barro seco sobre los costados del taco. Su ropa, algo gastada, era humilde pero no desprolija. El sacón de paño verde resaltaba sobre el rosa del tapizado de pana del asiento. Se aferraba a una cartera de cuero marrón algo ajada.
Yo abría el diario y comenzaba a leerlo, pero cada vez pasaba las hojas con mayor rapidez para poder observarla.
Así, invariablemente, pasaban esos minutos entre Medrano y Federico Lacroze, donde ambos bajábamos.
En cierta oportunidad estuve tentado de seguirla, pero me faltó coraje y me quedé con la fantasía de verla cada mañana de lunes a viernes. En esa fantasía, además de ponerle un nombre, la ubiqué viviendo en algún lugar de la provincia. Haedo estaría bien, una casita común, sobre una calle de tierra (así justificaba el barro seco en su calzado). Seguramente subiría al subte en Pueyrredón ya que vendría en el Sarmiento desde la zona Oeste. Caminaría apresurada, con pasos cortos, las cuatro cuadras que separan la estación de tren de la boca del subte. De vez en cuando, pero sólo de vez en cuando miraría de reojo una vidriera. Tal vez viviera con sus padres. Quizá tuviera algún hermano menor (su debilidad) y un perro, un perro callejero, de esos que acostumbran ser guardianes y correr cuando pasa algún auto.
Una mañana observé muy detenidamente los ojos rojizos y vidriosos de Clara, se veía que algo la perturbaba, era indudable que había llorado.
Ahí nuevamente intenté acercarme, hablarle, escucharla, oír su voz, ofrecerle mi amistad, pero no quise aprovecharme de su sufrimiento y al llegar a Lacroze, bajé apresurado, casi llevándomela por delante.
Una mañana, Clara llegó con anteojos de sol, lo cual me pareció absurdo ya que no sólo era un invierno nublado, sino que además estábamos varios metros bajo tierra. La miré con más atención y noté una pequeña sombra sobre su pómulo cerca del ojo izquierdo.
Si tan sólo alguno de esos días hubiera vencido mi timidez… Si tan sólo me hubiera animado...
Nunca experimenté tanto vacío como ayer al ver las noticias de la noche. Reportaban un suicidio. Una tal María Peña, de veintitrés años, deprimida, angustiada, abrumada por los golpes que sistemáticamente recibía de su pareja, un tal Rafael Santos de cuarenta, decidió arrojarse bajo el ferrocarril Sarmiento. No registré la estación ya que mi vista comenzó a nublarse cuando con la cámara enfocaron una cartera marrón algo ajada y un zapato bajo con barro seco sobre un costado del taco.
Hoy, otro día más. La misma hora. La estación de subte de siempre. Casi los mismos rostros. Como todas las mañanas elijo el primer vagón, es el más tranquilo, se viaja más cómodo.

EROTICANDO

Son las dos de la mañana y están cerrando el restaurante. Una luz tenue ilumina el ambiente. En un rincón, sólo una mesa está ocupada.
Inés y Joaquín se miran con la profundidad de las miradas que desnudan, que lo dicen todo, sin palabras.
Inés roza con sus uñas las manos de Joaquín. Joaquín se muerde el labio inferior y entorna los ojos.
Bajaré el cierre de tu vestido, así suave, muy suavemente, como a vos te gusta. Los breteles caerán sobre tus hombros. Me sentirás respirar sobre tu nuca.
Inés gira un segundo su cabeza para ver la lluvia que cae tras la ventana. Vuelve a encontrarse con la mirada de Joaquín.
Sí, quiero tus susurros, que me muerdas a besos, que me comas. Toda.
Te siento tanto. Tu boca en la mía. Tu lengua recorriendo mi cuello, mis orejas. Cada una de mis pecas.

A lo lejos, la voz de Louis Armstrong les cuenta lo maravilloso que es el mundo en el que ellos se encuentran.
Desataré tu rodete. Me gusta cuando se suelta tu cabello. Cuando cae en cascada sobre tu espalda. Como se ondula sobre tus pechos.
Me gustan tus piernas. Tan bien formadas, tan largas; me gustan cuando las enroscas entre las mías. Y esas medias negras… Ese tajo en la falda te sienta tan sensual.

Inés roza con sus piernas, por debajo de la mesa, las de Joaquín.
Ahora es ella la que se moja los labios con la lengua. Entorna los ojos y sonríe.
Voy a poner una música suave, lenta como tu respiración y mis gemidos. Apenas una luz que ilumine tus caricias calientes entre mis piernas.Tu barba haciéndome cosquillas… Tus yemas en mis pechos… Tus caricias; tus palabras obsenas.
El mozo se acerca y con una sonrisa deja la bandeja con el vuelto.
No pararé de besarte, de lamerte. Voy a recorrer tu espalda, tu cintura, tu cadera, con mi lengua.
Me voy a perder en cada suspiro, en cada jadeo, en tu olor.
Tu perfume a jazmín. Tus pezones erectos; tu mirada. Todo, todo lo que quieras. Quiero tus latidos. Te voy a dar los míos.
¿Amor, me estás sintiendo?¿Estás aquí conmigo?
Me estás llenando de placer. Así tocame. Llevame a otro mundo.
Adonde quieras. Siempre. En todo momento; en cualquier momento. En este momento.

domingo, 14 de diciembre de 2008

CUENTA CONMIGO

disfrutenlo y sepan con esto que pueden contar conmigo

http://www.youtube.com/watch?v=n7P5jWu9JLo&feature=related

domingo, 7 de diciembre de 2008

CONEJITOS

A ver si te va quedando claro: no me gustan los conejitos. Nunca me gustaron ni me van a gustar. Qué mierda me importa que sean coloridos. Qué carajo querés arreglar ahora con esto.
Primero por la tormenta de viento, después por el granizo. La otra vez porque se te rompió el auto y si voy más lejos, porque te dormiste. Lo único que falta ahora es que me digas que se te encarnó la uña del dedo gordo del pie.
Está bien que te tenga paciencia pero ya me la colmaste. No voy a soportar más tus desplantes. Pero la boluda soy yo, que te sigo esperando y encima me hago mala sangre. Que a ver si te pasó algo y estás en un hospital inconciente y vendado.
Pero qué mierda pasa. Se te acalambra el dedo que ni siquiera podés llamar para avisar.
Me jode, me pudre la mente que no vengas. Y tu celular que siempre está apagado.
Por si no te diste cuenta, por si no te acordás: teníamos entradas para el teatro. Otra vez las perdimos. Pero claro, qué mierda te importa si encima me las regaló mi prima. Que mejor le hubiera avisado a Sandra o a Julio, pero no, se me ocurrió invitarte a vos.
Yo me banco todas las pelotudeces de tu música y tus recitales. Una música que no entiendo, que después de cada presentación lo único que quiero es una cama y aumentar la dosis de aspirinas porque me aturde la cabeza tanto ruido a batería.
Y el señor que no puede llegar nunca a horario.
Pero si yo ya sabía de tu impuntualidad. Si siempre llegás tarde a todos lados. Tarde y dormido. Y me lo tendría que haber imaginado. Siempre lo mismo, y después las excusas y la sonrisa.
Pero hoy se acabó. Venir ahora, dos días después y con los conejitos, como si nada. Porque seguro que tenés cola de paja y encima preguntarme si ya estoy lista y sonreir con esa sonrisa seductora que te la podés guardar en el culo, bien adentro, junto con este ramo de conejitos que ni siquiera tienen perfume.
Si por lo menos hubieran sido alelies…