viernes, 18 de julio de 2008

LA DAMA PROVOCADORA

Ese día la vi llegar. Muy demacrada, vestía de gris. Tiene un don muy particular, logra convencerme, me irrita y me conmueve a la vez, siento pena al verla tan ajada, tan gastada, tan altiva por momentos. Nunca sé si viene para instalarse o sólo por un rato. Sólo para decir lo suyo, provocarme, dejarme inmersa en un sopor indeseable y después marcharse de golpe, casi sin darme tiempo a reaccionar. Ella es así, a esta altura ya debería haberme acostumbrado, ya la conozco, hasta sé con qué intenta sorprenderme.

Pero ese día… algo distinto ocurrió, por lo menos la vi llegar, otras veces ni la siento, siempre tan silenciosa, tan poca cosa.

Al verla venir creí tener tiempo para prepararme, para buscar adentro mío las palabras con qué rebatir sus argumentos. No pude, es tan obstinada que me supera.

Primero se sentó muy cómoda y comenzó a observarme mientras yo leía. Ni una palabra, sólo me miraba de arriba abajo como si no me conociera. A tal punto me desnudó con su mirada que me sentí intimidada, mis mejillas ardían, el libro cayó de mis manos y empecé a llorar. Las lágrimas rodaban y ella se regodeaba en mi dolor. ¿Cómo puede ser tan cruel? ¿Hasta dónde va a llegar? ¿ Hasta dónde voy a dejar que llegue?

¡No! ¡Basta! ¡Esta vez no quiero! El grito salió de lo más profundo, casi desgarró mi pecho. ¡ No me toques! ¡No me mires! ¡No me hables! Sólo dejame verte como lo que sos, tal cual estás ahí, agazapada, al acecho, esperando.

Y ese día algo sucedió… Me revelé. Intenté acariciarla y se me escurría entre las manos. Se asustó tanto que temblaba. Nunca la había tratado así tan dulcemente. Mis labios dibujaron una sonrisa y la besaron con ternura y en ese instante fuimos una. Una misma para no separarnos por ese momento, una misma para acompañarnos, aceptarnos y querernos. Una misma, mi soledad y yo.

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