domingo, 13 de julio de 2008

Versión libre – Caperucita Roja


Cuando empujó la puerta de la habitación y lo vio ahí, recostado, supo que su vida tomaría un giro. Tal vez fue la forma en que la miró.
Todo había comenzado un tiempo atrás. Un cruce de caminos, un encuentro casual. Inmediatamente sintió la atracción, como un imán.
Algo dentro suyo la llevó a desoir los consejos tan grabados en su memoria “no te apartes de tu camino”, “no te metas con extraños”, “no seas tan confiada”, “pueden lastimarte”. Nada de eso le importó, hasta olvidó su objetivo. Todo lo demás podía esperar.
Ahora estaban ahí, frente a frente.
Palpó el engaño junto con el aroma a incienso. Supo que para él, ella era una más. No le importó. Siguió; siguió avanzando. El magnetismo era fuerte.
Apenas él le tomó la mano y la atrajo suavemente; apenas sintió el contacto con esa piel, un grito intentó salir de su garganta, pero no pudo. Ya era tarde para salir corriendo. Sólo cerró los ojos y se dejó llevar. Dejó que la besara, que la mordisqueara, que la comiera, hasta el final.

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