jueves, 18 de septiembre de 2008

LA BICICLETA ROJA

El sonido de un bandoneón le trae la melodía de un tango lastimoso.
No los ve, pero sabe que hay un grupo de turistas observando ese show.
Sabe que Sonia tiene el vestido negro escotado y con un tajo profundo en la falda. Al descubierto quedan las piernas bien formadas envueltas en medias de red. Sabe que Andrés lleva sombrero y pañuelo al cuello. Sabe que bailan muy juntos, que insinúan seducción.
Un perfume cálido de jazmines le llega desde el puesto de flores que está frente a la galería. El aroma se funde con el del chocolate caliente que ofrece el vendedor ambulante.
Ella, en una esquina, está inmóvil.
Escucha voces, risas y pasos que se acercan. Pasos rápidos, contínuos. Es la hora de salida de las oficinas y la calle se desborda de gente que va y viene en todas direcciones. Algún grupo se para frente a ella, a mirarla.
Oye el ruido de monedas que chocan y se desperezan en su lata.
Baja un brazo. Levanta la cabeza. Abre los ojos y lo ve a Julián.
Todos los días él llega a esa esquina en bicicleta, pasadas las seis de la tarde. La contempla fascinado. Disfruta del silencio estático que Marina ofrece.
Hoy, además de monedas, deja un ramo de fresias a los pies de ella.
Marina lo mira y a través de su piel blanca mármol, le hace una reverencia.
Ahora cambia de posición. Junta sus manos y sobre ellas recuesta una mejilla.
Cierra los ojos. Se ve de niña, jugando a la escondida. Se esconde. Se esconde debajo de la mesa, detrás de la puerta, detrás del árbol, arriba de la bicicleta roja. ¿Arriba de la bicicleta roja? ¿La que está ahí, al lado de las fresias?
Parpadea. Se permite una picardía: sus labios blancos dibujan una sonrisa de aceptación para Julián. No lo ve, pero sabe que él se va a quedar hasta que ella termine su función. No lo ve, pero sabe que él hoy la llevará a pasear en la bicicleta roja.

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